Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Carnaval y velatorios

Como corresponde, lunes y martes hemos de obedecer a la ley, al calendario y a la costumbre: serán feriados. No habrá desfiles, ni tablados, ni corsos, ni bailes, ni Llamadas.

A lo sumo, nos enteraremos de algún forcejeo policial en La Pedrera o en Artigas para disolver aglomeraciones carnavalero-cerveceras. Nueva paradoja nacional: por el Covid vamos a estar todos con máscara y asueto de carnestolendas, pero sin Carnaval.

El culto de Momo nació como una gran fiesta de permisividad previa a la cuaresma cristiana. Sin embargo, sus orígenes se remontan más lejos. Están en el paganismo romano, con sus honores a Baco y sus Saturnales. Y aún antes, en lo dionisíaco griego y en el culto en torno al toro Apis del antiguo Egipto.

En nuestro Uruguay, tuvo un desarrollo inmenso. Para un Carnaval nació La Cumparsita, en un rincón de lo que iba a ser el Palacio Salvo. Del Carnaval surgió el tenor José Soler, consagrado en la ópera internacional. En el Carnaval crecieron el candombe y la murga, que hace pocas semanas perdieron a uno de sus grandes símbolos en la persona inolvidable del Cachila Silva. Desde el Carnaval vivimos una larga etapa de confraternidad ciudadana, con empleadores y empleados juntos alrededor del tablado de barrio que hoy ya no existe.

Todo eso que fue espontaneidad carnavalera, en las últimas décadas se institucionalizó. Dejó de ser una segunda naturaleza festiva de personalidades serias y pasó a constituirse en una expresión profesionalizada y gremial. Por ello. y por politizarse, se organizó mejor, pero el público se le acotó y la proyección se le opacó.

Esta suspensión de 2021 al Carnaval lo agarra débil y a nuestro pueblo lo topa con el espíritu mocho, sin ganas para reclamar algarabía al cabo de un año viéndonos poco y nada, sin fútbol, sin teatro y con los cafés vacíos.

Si eso pasa en el extremo burbujeante de las artes de la alegría, lo mismo, y más acentuado, está ocurriendo en la otra punta, sensible y seria, de nuestro ánimo.

En estos once meses de separación sanitaria hemos vis-to cómo, por el Covid, se ha transformado en “natural” que mueran aislados los seres queridos. Y hemos asistido a que la pandemia le haya dado una nueva legitimidad “natural” a la supresión de las despedidas fúnebres, los velatorios y los homenajes, que por cierto ya venían reduciéndose por el avance de la barbarie funcionalista que achata los sentimientos y embozala a quienes se empeñan en conservarlos.

Estamos creando un tipo recortado en sus desbordes de alegría y rebanado en sus dolores profundos. Puede ser capaz de demostrarle a los tests captcha que él es efectivamente un individuo humano y no un robot, pero va perdiendo ese ir y venir del alma que le da lucidez para saltar de la alegría carnavalera al llanto por un ser entrañable que se va, y lo impulsa a compartir con propios y extraños las lágrimas, las meditaciones, los silencios o las oraciones.

Con los extremos del espíritu achatados -¡y no solo por el virus!-, el riesgo es seguir perdiendo esencia humana, compartir cada vez menos lo importante, licuar cada minuto y achicar el horizonte de la vida entera.

Y aun si ese parece ser el programa actual del mundo, el espíritu nacional debe hacer cualquier cosa menos resignarse.

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