Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

La batalla verdadera

En el homenaje a los soldados asesinados por los tupamaros en 1972, el Arzobispo Sturla, proclamó que "la oración por los difuntos no tiene bandera, ni color; ni otro fin, que ponernos delante de Dios y de su misericordia, con sentimientos de humildad, justicia y perdón". E invitó "a unirse con la oración o con el silencio, en la fe y en el respeto a las convicciones de cada uno". Con ello, se dirigió no solo a los seguidores de su credo sino a todos los humanos. Ejemplo expresivo de la nueva manera de convivir que nace entre los sensatos, como lo fue también la invitación que le dirigió el Gral. Córdoba, Presidente del Centro Militar, institución que reúne a servidores de un Estado sin religión: patentizó un concepto abierto y activo de lo laico.

La laicidad del Estado - que fue pionero el Uruguay- ya no consiste en combatir los dogmas ni acallar o ignorar los sentimientos religiosos, sino en convivir buscando juntos lo más alto y lo más profundo, sabiendo que unos hablan con

En el homenaje a los soldados asesinados por los tupamaros en 1972, el Arzobispo Sturla, proclamó que "la oración por los difuntos no tiene bandera, ni color; ni otro fin, que ponernos delante de Dios y de su misericordia, con sentimientos de humildad, justicia y perdón". E invitó "a unirse con la oración o con el silencio, en la fe y en el respeto a las convicciones de cada uno". Con ello, se dirigió no solo a los seguidores de su credo sino a todos los humanos. Ejemplo expresivo de la nueva manera de convivir que nace entre los sensatos, como lo fue también la invitación que le dirigió el Gral. Córdoba, Presidente del Centro Militar, institución que reúne a servidores de un Estado sin religión: patentizó un concepto abierto y activo de lo laico.

La laicidad del Estado - que fue pionero el Uruguay- ya no consiste en combatir los dogmas ni acallar o ignorar los sentimientos religiosos, sino en convivir buscando juntos lo más alto y lo más profundo, sabiendo que unos hablan con el Dios de su fe y otros sienten que dialogan con el fondo de sus conciencias. En contrapartida, unas horas después del acto del 18 de Mayo, el Pit-Cnt sacó a relucir la consigna "Ni un solo voto para la derecha"; y le llama "derecha" al arco entero de los opositores, levantando su índice acusatorio contra cualquiera que rechace el continuismo.

El planteo ignora la doctrina republicana de la ciudadanía y la visión humanista, fincada en la persona, que consagra la Constitución. Coloca la masificación gremial en torno a los intereses, por encima de la libertad de conciencia que es cimiento de todos los derechos.

Enfrentamos, pues, una opción fundamental: o dejamos ir al país cuesta abajo y entregamos su destino a los lobbies de los gremios obreros y patronales o recuperamos a la República como gobierno de todos los ciudadanos, abrazando ideales nobles y definiendo metas racionales que realicen el interés general y el bien común por encima de todos los intereses de círculos.

Se contraponen dos doctrinas sobre "la sociedad", como ahora llaman a la nación, la ciudadanía y el pueblo. Una doctrina cree que la lucha de clases y la batalla por lo propio constituyen lo único a que puede aspirarse, pues supuestamente va a parir más cambios que los que ya insinúan los humos de la marihuana y la igualación para abajo. Contra ese disparate, se eleva otra doctrina que afirma que el espíritu, hecho pensamiento y acción, debe erguirse para modelar la vida desde principios que sobrepujan a los apetitos.

Por la ruta corporativa -fascista-, el poder será cada vez más opaco; la conciencia pública se reducirá a espectadora de los injertos que los gremios impongan en leyes macarrónicas; y seguiremos asistiendo al abandono del deber ético unificante del Estado de Derecho, al que se jibarizará en medio de una inextricable selva de siglas, ajena a toda intuición de la justicia general y abstracta.

Quienes queremos que -como bien dijo Sturla- "nunca más la violencia se adueñe de nuestra sociedad", celebramos la nueva manera -adulta y madura- de ser laicos respetándonos en voz alta y a cara descubierta.
Y condenamos el intento liberticida de reemplazar las opciones por un delirio politiquero, que viola el mandato republicano de respetar la libertad individual, pretende dividir a los ciudadanos por lo que hacen y no por sus ideas y busca convertir en rebaño que bala, a un pueblo que piensa.

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