Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Banderías y Constitución

Al cabo de tres meses largos de confinamiento voluntario, sabiéndonos mucho mejor que los vecinos pero sin cantar victoria, caminando entre cortinas bajas y “Se alquila”, las noticias nos machacan el alma.

El crimen por drogas es un horror que ya no solo aterra a Montevideo. Nos estremece el nombre y la imagen del último asesinato -en estas horas, el de Alison Fernández en Santa Lucía-, a sabiendas de que otra recua de forajidos puede repetir lo mismo en cualquier rincón de la República.

En un par de días se identifica a un universitario que destruyó documentos en Ursec y se le da captura a un funcionario de la Fiscalía de Corte que revelaba información a cambio de coimas.

En las semanas anteriores, mientras inventariábamos las falencias del gobierno que se fue -Interior, Mides, ASSE- y soportábamos estoicos la paralización de medio país, nos lloviznaron las designaciones erradas y lealmente rectificadas de un Presidente de Antel, un Vicepresidente del Puerto y un Presidente de la Corporación, no todos del mismo pelo partidario.

Con ese cuadro -más un Canciller en estado coloidal-, tócanos elevar preces para que no nos llegue la manga de langosta que asuela al noreste argentino, en las mismas horas en que los senadores de la oposición denuncian penalmente y piden a la Fiscalía General que investigue lo que quedó pendiente de aclaración en un diálogo vicepresidencial que jamás debió existir.

Esto es demasiado para arroparlo bajo la bandera del partido o la pasión por el candidato que cada uno votó en conciencia.

Séase gubernista u opositor, esto es demasiado para digerirlo políticamente.

Es demasiado, simplemente porque, desde hace años, nuestros problemas no son solo políticos. Si pasamos revista a las carencias de pensamiento y de organización de cada partido, podemos repetir a coro: “En todas las casas se cuecen habas y en la mía, a calderadas”. Lo cual puede provocar náuseas por la política, pero eso tampoco basta.

Más allá de cómo cada uno encare el alud nacional y mundial, las desgracias que nos atormentan entrecasa no pueden resolverse desde una bandería ni repudiándolas a todas, por la simple razón de que lo que sufrimos no es político sino anterior y superior a la política y aun a la economía. Lo que sufrimos es una caída de la idealidad, la sensibilidad y la lógica.

No es una cuestión de gustos ni de generaciones. Es una cuestión esencial de modo de vida, porque al declinar la idealidad, la sensibilidad y la lógica, se pierden las bases de lo más noble del sentido común y de la esencia del Derecho.

Sí: hemos opacado los modelos admirables de nuestra experiencia republicana y hemos sepultado hasta los refranes que le daban fisonomía a la persona y le infundían alma a la maduración nacional de nuestro Derecho, que cruje cada vez más por importar figurines, muchas veces sin discriminación ni tino.

De esa inmensa desgracia, por ser de todos, debemos ocuparnos todos, ya.

Para revivir a la Constitución como inspiración, en vez de reducirla a código de procedimientos.

Y para devolverle vigor filosófico a todos los partidos, en vez de reducirlos a plataformas de lanzamiento para uso personal.

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