Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Balance y decisión

Es llegar diciembre y boyamos entre inventarios, balances y pronósticos. Se grafican los resultados del ejercicio, se repasan los hechos, se consolidan las encuestas del año.

Todo ingresa al mismo estándar, todo se comunica en su formato. Nada paraliza y nada mueve ni conmueve.

Tragedias que costaron decenas de vidas irremplazables y adefesios institucionales que merecen el asco vomitivo de la República, se reducen a una desabrida medición de los efectos que esas desgracias proyectaron —o no—

sobre la imagen de los gobernantes. Se trate del persistente Bonomi o del ya escurrido Sendic, importa la percepción químicamente armada en los matraces de las encuestas, en lugar de la confrontación de sus acciones y sus omisiones con los mandamientos sagrados de la Constitución.

Los números anualizados cierran con (falsa) precisión capítulos de lo que sufrimos. Irreversibles, parecen musitarnos al oído: "este es el Uruguay de la realidad. Acostúmbrate. No te quejes: es lo que hay, valor". Y efectivamente, si seguimos tabulando atrocidades en los casilleros obligatorios de la aplicación findeañera, nada va a cambiar mientras no le agreguemos a los balances cuantitativos de siempre, el gran balance cualitativo que nos falta: el de los ideales plasmados en la Constitución y aun antes que en ella, en la filosofía personalista que le da cimiento.

En otras palabras: hemos abandonado la vigilancia del espíritu personal y público y hemos dado por supuesto que las mediciones económicas y conductuales bastan para armar el futuro nacional. Y por eso, a pesar de que tropezamos a cada rato en los dramas de la incomprensión conceptual y el vacío afectivo, seguimos dejando pendiente el balance y la decisión que exige la crónica postración de nuestra cultura.

No estamos hablando de la cultura en el sentido —muy de la Unesco— de conjunto de creencias y costumbres que, sean civilizadas o salvajes, singularizan a un pueblo. Tampoco estamos hablando de cultura como suma enciclopédica de saberes ni como exquisitez de preferencias.

La cultura que reclamamos es la de la actitud, el erguimiento, la fineza lógica, la independencia para pensar por cuenta propia, los sentimientos. En una palabra: el espíritu. Lo que nos cayó fue la cultura, sí, pero no como el proyecto distante y gigantesco frente al cual todos somos pigmeos, sino como cultivo y gestión de nuestra vida, individual y colectiva, como personas y como ciudadanía —palabra ésta abandonada, pero que, en tanto que órgano de la República, impele mucho más que el insípido vocablo "sociedad" en que todo suena homogéneo y gris.

La caída cultural no es una enfermedad de la pobreza, que, en suprema inquietud hacia lo alto, siempre generó trovadores, acuñó refranes y originó reflexiones imperecederas. Por lo demás, seamos francos: la caída cultural se enquista hoy también en estratos acomodados y con buen currículum. No debe extrañarnos: ¿qué puede esperarse si se acota el horizonte vital a escalar y conseguir y se olvida el ser, el encuentro con el prójimo y los valores mínimos donde el Derecho se enraíza en la persona? Proclamada la supremacía del éxito a cualquier costa, el amoral Vale Todo estraga por dentro tanto a derrotados como a triunfadores, sin detenerse en títulos.

En el Uruguay hicimos larga y amarga experiencia con las interpretaciones materialistas y deterministas que —proveniesen del marxismo o de la más rancia academia competitiva y capitalista— supo fustigar desde EE.UU. hace más de medio siglo el sabio Pitirim Sorokin, seguido en nuestro país por los lúcidos Ganón y Solari. Ya sabemos a qué clase de vidurria conducen los programas públicos y privados que reducen la gestión a mera técnica, amputándoles los principios y rebanándoles los ideales. Ya tenemos miserables sin destino, zanjas educacionales por barrios y una progresiva insensibilidad al interés general, al bien común y a la universalidad de los valores. Ya vimos a qué conduce jugar al achique en el mal llamado "paisito".

Entonces, es hora de darse cuenta. No debemos seguir aislando la cultura en ghettos para grupos especializados ni reduciéndola a la aceptación de costumbres que se aceptan sin reflexionar. Es el momento de recuperar la cultura como fragua de los sentimientos y del razonar, como vector que nos orienta, como esfuerzo de cada día, como siembra. Como cultivo del pensamiento y la acción.

Eso no se hace esperando sentados que los hados nos sean propicios y los tiempos mejores vengan solos. Requiere esfuerzo, apuesta y sacrificio. Siempre se ha repetido que los emprendimientos privados requieren capacidad para asumir desafíos y riesgos. Los públicos también.

Por eso, no es contando las desgracias acumuladas en el año que vamos a construir el Uruguay que la Constitución nos manda.

Y por eso, el alma pronuncia por un feliz Año Nuevo no sólo un voto sino un propósito: unirnos en una sola clase, la de los ciudadanos cultivados y forjadores de su destino.

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