Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Aréchaga, Maestro

El lunes se cumplirá el 70º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Sobre sus normas sacramente laicas y sobre los atropellos con que se las viola lejos y cerca, escribiremos el domingo. Entretanto, evoquemos lo que la idealidad del Uruguay de 1948 —republicano, unido, seguro— aportó al texto bruñido para el mundo.

En materia de derechos, el Uruguay de entonces no era tabla rasa. Se diferenciaba, abrupto, de las republiquetas bananeras. No buscaba amigotes ideológicos. No se abrazaba con regímenes de partido único. No practicaba el silencio ciudadano. Había sufrido toda suerte de embates internos y presiones externas, había escrito la historia de su libertad con luchas y mártires, pero en respuesta alzaba orgulloso la doctrina Rodríguez Larreta sobre el paralelismo entre el respeto a los derechos y la paz. Entre las ruinas humanas, morales y materiales de la Segunda Posguerra, el Uruguay era un faro.

Ese modo nacional de sentir, con matices pero sin fisuras, estuvo presente al redactarse la Declaración. Fue su portavoz Justino Jiménez de Aréchaga. En los tiempos en que asumió esa tarea ya era catedrático de Derecho Constitucional, pero ni él ni nadie podía imaginar hasta qué punto ese Aréchaga —el tercero y más grande de una dinastía constitucionalista— estaba llamado a encarnar las glorias, las desventuras y la quiebra de nuestra legalidad.

A Justino le escuchamos sus clases magistrales en la por entonces única Facultad de Derecho. Eduardo J. Couture la motejaba de "Casa Vacía", pero el aula Pablo de María se repletaba lunes, miércoles y viernes a las 8 de la mañana para escuchar al Maestro. Lo leíamos en la prensa. Lo oíamos en tribunas independientes, como la del Movimiento Antitotalitario, fincado en el Ateneo. Por unos años, tuvimos el honor de acompañarlo cuando él era Presidente de Andebu, empeñado en defender la libertad de expresión infundiéndole alma a la radiodifusión y al periodismo. Después, lo vimos sufrir incomprensión cuando, igual que Jorge Batlle, quiso ahogar la aventura criminal de la guerrilla en la libertad y las garantías de la Constitución. Más tarde hubimos de visitarlo en su casona vecina al Parque Rodó, donde recibió el oprobio-honor de su proscripción por la dictadura bajo la cual murió silenciado.

Justino enseñaba el Derecho como lo sentía: desde el hombre, desde la persona, desde un sentimiento trágico de las horas que se nos prestan para transitar como bípedos implumes. El Uruguay de opinión pública de los tiempos en que sembró Aréchaga, no confundía el partido gobernante con el gobierno ni entreveraba al gobierno con el Estado ni con los negocios privados.

Polemista, en lo que exigía coherencia aplicaba el rigor lógico, pero en lo que rozara a la criatura humana entregaba fuerza, pasión y sentimiento. Repetía: "El Derecho no se puede enseñar con la indiferencia con que el científico muestra en el laboratorio la reproducción de los cangrejos". Hablaba y escribía para exhortar y convocar. Proclamaba: "El Derecho Constitucional no se enseña solo con la razón sino hasta con los huesos".

Decía verdad. Los muertos de hace 33 años o más en la dictadura y los muertos de hace 33 días o menos en calles y cárceles del actual gobierno demuestran que en las normas de la Constitución jugamos el destino de nuestros huesos y los del prójimo.

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