Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Antonio Mercader

Hoy se cumplen dos años de la muerte de Antonio Mercader. Muchos cambios han ocurrido en las grandes avenidas de su pasión de hombre de Derecho: la vida político-institucional y la vida periodística.

En esas avenidas transita todos los días la legión de notorios y anónimos que nos preocupamos por el prójimo y por las ideas que nos rigen e inspiran. Y en ese ambular de cada instante nos perdura la impronta de fineza del Dr. Mercader y la proyección a distancia de los conceptos que sembraba en el diario, la radio o el Ministerio de Educación y Cultura que ejerció dos veces Y en cualquier rincón, sobre la marcha. “In itinere” dirían los antiguos romanos, que enseñaban a sentir la vida como un itinerario de aventura inspirada en valores, ensueños, éxitos y fracasos. Hoy nos cuesta vibrar con ese modelo porque nos hemos habituado a “explicar” los estados de ánimo por amasijos de antecedentes e interpretaciones y hemos dejado de comprender y cultivar la vida como marcha abierta a lo desconocido: feliz, dramático o trágico, con cada día trayendo su afán, su riesgo y su esperanza. Pero para enfrentar los determinismos, ¡vaya si ese sentimiento de la vida nos hace falta!

Me tocó sucederlo en el Ministerio cuando, en medio de los sacudones del 2002, el herrerismo retiró a su gente del gabinete del Dr. Jorge Batlle. Apenas enterado, Mercader quiso hablar conmigo. Me encareció que no se interrumpieran los programas de investigación científica: Conicyt, Clemente Estable y otros. Me habló con tal énfasis que lo interrumpí para decirle que yo también estaba convencido de la importancia de desarrollar la ciencia teórica para aplicarla prácticamente y, además, para mejorar la cultura nacional. Y realmente lo estaba, desde el lejano tiempo en que Mario Silva García nos enseñó a pensar la ciencia de Bacon a Hume, de Pascal a Bachelard y de Comte a Vaz Ferreira.

Esa convicción se me ha rejuvenecido en certeza, a la vista de que en la actual pandemia quedamos en el pelotón de vanguardia del mundo, merced a la pléyade de científicos de la UDELAR y de cuerpos como el Pasteur, por cuya radicación Batlle nos hizo trabajar juntos al Ministro Alfie, el Rector Guarga y el Embajador Talice hasta que la conseguimos en agosto de 2004.

Un país sin investigación científica no construye pensamiento propio y no llega a tener independencia. Se hace importador de técnicas. Mentalmente se queda en colono.

Me hago un deber en revelar aquel diálogo con Mercader, porque, fiel a sí mismo, no me buscó para pedirme algo para su interés, sino para defender al país, con la mirada más allá de la asfixia financiera que padecíamos.

Importa mucho que todos los partidos -repito: todos- tienen servidores de ese nivel, que juntos son el civismo limpio y construyen la historia a fuerza de pensamiento y acción.

Sobre la vida del periodismo habría para decir mucho, que no cabe en esta columna. Para Mercader, igual que para mí, los diarios y las radios fueron una segunda Universidad. Nos enseñaron a sentir, pensar y discurrir. Mercader supo de sus crisis y nunca se habría resignado a que los medios responsables quedasen jaqueados por la liviandad de las redes y el entertainment.

Habrá que revivir sus conceptos, a partir de la estela que el inolvidable columnista dejó en la gran galaxia de los que pensamos por cuenta propia y en voz alta.

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