Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

99 años y el mañana

Se cumplieron ayer 99 años de la elección de la Asamblea Constituyente que gestó la Constitución de 1918.

Se cumplieron ayer 99 años de la elección de la Asamblea Constituyente que gestó la Constitución de 1918.

En las urnas, el Partido Colorado obtuvo la mayoría previsible, pero tras haber terminado su segundo mandato, don José Batlle Ordóñez -su figura más descollante, hoy diríamos su líder natural- sufrió la más dura derrota a manos de la coalición anticolegialista que suscitó su proyecto de suprimir el unicato, donde espontáneamente fueron a coincidir blancos, cívicos y colorados riveristas.

Por más de 50 años el nacionalismo evocó el hecho electoral como la fecha fasta en que venció a su adversario mayor, tan luego en la causa en que este había fincado su mejor esperanza, con años de siembra y prédica que incendiaron al Uruguay en polémicas y le imprimieron la originalidad -mundial- de que sus ciudadanos se dividieran en colegialistas y anticolegialistas. En cambio, a los batllistas la fecha se nos grabó entre las sombras de las adversidades, porque al preferir “la voluntad de un solo hombre a la deliberación de un Consejo, el pueblo se derrotó a sí mismo” según repetía Efraín González Conzi ante el micrófono de “Vox Populi”.

Hoy no debe pasar inadvertido que empieza a correr el centenario de aquella jornada. Porque tiene razón Rudyard Kipling cuando en el “Si” nos enseña que la victoria y la derrota son dos impostores y hay que aprender a tratarlos por igual. Y porque las raíces históricas nos imponen comparaciones que rompen los ojos, ante los escarceos reformistas de algunas tiendas del oficialismo de la hora.

El 30 de julio de 1916 inauguró una tradición que el Uruguay iba a honrar muchas veces: decirle a los gobernantes que su poder se topa con fronteras infranqueables, en los sentimientos y las convicciones de sus conciudadanos. En aquellos días, los europeos, inmersos en la Primera Guerra, ya tenían semillas y fermentos de apoyo a gobiernos totalitarios. La ciudadanía uruguaya, en cambio, afirmaba la independencia de su criterio, incluso frente al gobernante que mejor había construido su paz: el poder entero, a nadie.

Reparemos y comparemos: en esa fecha habían corrido apenas doce años rabones desde el fin de la guerra civil de 1904. Se había derramado sangre, se habían desgarrado las familias, se lloraban muertos. Estaban vivos los protagonistas de los enfrentamientos. Pero la ciudadanía votó en paz, sin instalar rencores sino deliberaciones. El Uruguay no se entregó, como ahora, a escudriñar lo pasado treinta o cuarenta años atrás. A los gestores del siglo XX no se les ocurrió que hubiera que esperar a que murieran todos los protagonistas para que el país se reconciliara. Entre múltiples conquistas, la Constituyente de 1917 recortó el poder del presidente, iniciando una dura batalla, que hasta hoy persiste, por despersonalizar, objetivar y racionalizar la misión de la Administración. Esas conquistas fueron el fruto de que todos oyeron a todos, en debates ejemplares. No decidían en cúpulas. No aplicaban mayorías automáticas.

Tales antecedentes son lejanos, pero basta recordarlos para que revivan como estro imperecedero de libertad. Y coloquen en su lugar los devaneos reformistas de quienes quieren toquetear la Constitución tras haberse alzado en armas contra ella en los 60 y haber proclamado desde el gobierno que la política está por encima del Derecho.

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