Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

2002, año ejemplar

En las crónicas preelectorales, el año 2002 suele aparecer como una bisagra degradada, el non plus ultra de la desgracia. (Hace un lustro, el estilo deslenguado de Mujica lo bordó con la mentira de que los niños comían pasto. Hasta eso.)

En eso se juntan todos. El continuismo emplea al 2002 como un parangón odioso, amenaza de apocalipsis. La oposición lo usa como referencia para comparar a la baja: hay más miserables en la calle y más crímenes hoy que en 2002.

Unos, ataviados con vestiduras de rigor técnico; otros, en pleno devaneo pueril y demagógico; unos de un lado y otros del otro, todos dan por sentado que 2002 corporizó nuestro peor momento. Como en la elección siguiente el Partido Colorado recibió la mayor derrota de su historia, ¡vaya si es fácil invocar aquel año de angustias como medida de negruras insondables!

Ahora bien. Hoy estamos sufriendo la mayor decadencia que haya conocido el Uruguay. El momento nos impone profundizar en la meditación. Eso exige no repasar solo los números sino revisar los conceptos, las ideas y las actitudes con que podemos salir de la encrucijada. Y para eso, nada es más aleccionador que entender y admirar nuestro año 2002.

Es cierto que allí atravesamos todos una catástrofe, pero también es cierto que la República se salvó como régimen institucional y la tradición del Uruguay se salvó como nación económicamente sólida, gracias a la talla del presidente Jorge Batlle, que, sintiendo la investidura desde adentro hacia afuera, tuvo lucidez y grandeza para negarse a presentar al país en quiebra. Sin calcular los riesgos electorales de su amado lema.

La gente del Frente Amplio pedía a gritos que se siguiera el modelo argentino: declarar el default, con el Congreso festejando la proclamación de la ruina. Lo fácil era entrar del bracete en ese despeñadero. Y si eso no ocurrió, fue porque Batlle enfrentó la crisis a partir de sus valores, puso espíritu y tomó a su cargo personal la defensa del patrimonio intangible que la ciudadanía le había confiado.

Por tanto, si es cierto que 2002 tuvo mucho de dolores numéricos y por eso les sirve a todos para medir caídas, también es cierto que fue año de travesía del desierto, que se cumplió desde una actitud moralmente ejemplar. Gracias a ella, tras el colapso bancario de junio, en menos de dos años teníamos reorganizada la deuda interna y externa y se entregó el gobierno a la oposición, con las finanzas en orden y el país en crecimiento.

Tan cierto es esto, que Astori no vaciló en ir a aplaudir a Steneri cuando presentó en el Club Uruguay “Al borde del abismo”, el libro en que relata lo que hizo como artífice en Washington de lo que aquí construía Batlle junto a Atchugarry y Alfie.

Deambulando entre encuestas, pronósticos y chiquiteces, el Uruguay ha perdido conciencia de la estatura institucional que requiere el Estado y exige cada persona, irrepetiblemente única. Por eso, al 2002 se lo arrincona como mal recuerdo, en vez de ensalzarlo como un momento alto de la vida nacional.

En verdad, fue un momento épico y ejemplar: el gobierno y los partidos históricos salvaron la economía y el orgullo, a punta de reflexión y coraje. Fue un remezón histórico en que el Uruguay realizó el ideal del Va Pensiero de Verdi: al sufrimiento, infundirle virtud. ¡Vaya si hoy nos hace falta revivirlo como ejemplo!

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