Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

La agenda de la República

Nada podrá empañarle a estas semanas la impronta de grandeza que la ciudadanía les dio desde las urnas, al cortar el continuismo. Nada le quitará al equipo gobernante el mérito institucional de aprestarse a irse, puntual, al mediodía del 1º de marzo.

Nada privará al Uruguay de la honra de que en su suelo la izquierda, a pesar de la incomprensible admiración que profesa a los Castro, los Ortega y los Maduro, pasó quince años en el gobierno sin incurrir en los atropellos de esos déspotas.

Si nos asomamos a América, advertiremos que no sufrimos las debilidades que aquejan a gran parte de nuestro vecindario y celebraremos que el peor megalómano que engendramos fue mucho más un charlatán de feria que un vicioso del poder.

Es que siguen diferenciándonos los puntos a favor recibidos de la historia, a partir de la tradición de luchas leales y frontales que nos dejó el siglo XIX. Esa tradición gestó con sacrifico y sangre el respeto superior que todos reclamamos e imponemos para las garantías de los comicios. Esa tradición sembró una vocación, hoy innata, por la justicia y la libertad, que nos une en una religión cívica que, a pesar de no ser orgánica, ha resistido toda clase de pruebas con dogmáticos y fanáticos de distintos signos, por lo cual hoy vuelve a palpitar en cada criatura nacional, con una sola condición: que tenga la conciencia activa.

¿Por qué esa condición? Porque hemos creado y criado grandes grupos que viven en el ostracismo cívico, indiferentes a los valores humanos, sin lenguaje para expresar sentimientos. Por lo cual, para salir de la decadencia, hace falta reactivar los espíritus.

Es claro que hay una lista de prioridades que no admiten aplazamiento. Es claro que el equipo del Dr. Lacalle Pou tiene por delante una pesadísima agenda gubernativa. Pero también es claro que el cuerpo electoral, por mayoría, cambió el signo político porque llegó al hartazgo en temas que no se resuelven ni por ley ni por decreto, porque más que nuevas normas requieren nueva savia y nueva inspiración. Y eso tenemos que aportarlo nosotros, desde el gran elenco de los no gobernantes.

Ya hemos visto a qué clase de desgracias lleva dejar a los partidos y al país sin prédicas que esclarezcan y orienten. También hemos comprobado la laya de vida a que se desciende cuando se copia la moda internacional de llamarle “cultura” a cualquier costumbre bárbara, aceptando resignados toda clase de brutalidades como expresiones de “otra cultura”, olvidando los sentimientos que cimentaron esa parte robusta de nuestra auténtica cultura que todavía nos rebrota cuando las papas queman. Y hemos aprendido asimismo cuánto desamor y cuántos crímenes generan las separaciones clasistas, con sus tabiques ideológicos.

En un país donde todos hicimos la experiencia con el dolor y la decepción, no sería sensato ni moral esperarlo todo de lo que haga el Estado.

Por eso, mientras se aprestan los relevos que recibiremos con la mejor esperanza, desde el llano y con todas nuestras debilidades conocidas, debemos convocarnos para restablecer el diálogo abierto que un aciago día desapareció.

La tarea no será buscar el voto superficial e inmediato sino la profundización en las grandes líneas y la coincidencia en los grandes ideales.

Y por encima de lo que hayamos votado, esa agenda de la República nos la debemos todos a todos.

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