Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Además del coronavirus

Hacia 1920, Espasa Calpe apretó el saber del mundo en los 70 tomos de su Enciclopedia. Un siglo después, Wikipedia esparce cien veces más información y la deposita gratis en cualquier celular.

La ciencia -luz- expandió el saber. Los miedos -tinieblas- retrocedieron. Las investigaciones estelares sembraron promesas optimistas que llegaron al paroxismo: los antibióticos, la vacuna Salk contra la poliomielitis, los trasplantes de órganos, las misiones extraplanetarias. La humanidad se creyó llamada a vivir sin interrogantes ni inquietudes. En el tibio oleaje de lo inmediato, funcional y palpable, la mitad civilizada del mundo se descansó en su seguridad biológico-sanitaria, sin preocuparse demasiado del destino de la otra mitad.

Pero el misterio, implacable, volvió por sus fueros. Hoy, una onda expansiva de fragilidad estremece al mundo. Tras dos centurias largas de triunfos en las ciencias duras y tras un siglo de ciencias sociales opacando a la filosofía, el límite entre la vida y la muerte ha vuelto a confirmarse tenue e imprevisible. Y con él, se nos volatilizó la frontera entre la seguridad y el peligro, entre la respuesta y la pregunta, entre el conocimiento y la conjetura.

En el marco de la más portentosa tecnología de la historia, hemos sido arrojados a un nuevo punto de partida flanqueado por preguntas básicas que nos martillan, ya no como ciudadanos sino como personas que quieren orientarse y saber a dónde van. Todos, en todas partes y desde todas las generaciones, hemos sido llamados a aprender a vivir desde la angustia de muchos ¡¿quién sabe?!

¿Eso es todo obra del Covid- 19? No. Aquí y en el mundo la pandemia atacó a traición a los pueblos y los agarró -¡de garras se trata!- con las defensas bajas. Mucho más en el alma que en el cuerpo. No es cosa entonces de concentrar la atención sólo en la fecha o la marca de la “vacuna” que finalmente consiga cada país, ni tampoco es cuestión de emprenderla a punta de groserías contra gobernantes arrojados a explorar al tanteo, que dejan el alma al servicio de su país.

Es cuestión de respetar los mandatos inspirados en el bien recíproco, léase amor al prójimo. Es asunto de saber que el resto también existe: no es silencio, no es color rosa y exige a cada instante redoblar nuestro afán.

Un horror con repercusión universal como la insurrección que, con su oratoria dolosa, azuzó Trump y un horror nacional con poco eco como el de antenoche en el ex Comcar, aparentemente no tienen ningún parentesco. Y sin embargo, cada uno de los muertos en esos espantos -y muchos más jornada a jornada- muestra, en su plano, la quiebra sustancial de la filosofía civilizadora y humanista que entrelazó el ideario de Jefferson y Franklin con el de Artigas y el de todos ellos con el enciclopedismo francés. Esto que soportamos no es el noble proyecto de ellos.

Lo mismo en la capital del primer mundo que en el Penal de nuestra comarca, lo que ocurrió es una quiebra insolente del imperio del Derecho.

Resolverla va a requerir más tiempo y energías aun que las necesarias para vencer al virus. Es un tema cultural de largo aliento y hay que atacarlo aquí y ahora, sin esperar que aclare lo sanitario.

Entonces, no permitamos que -por pereza de unos y por sorpasso de otros- la pandemia aumente la indiferencia, la despersonalización y la quiebra de sentimientos que nos viene machacando desde mucho antes de saber que existía Wuhan.

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