Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Absurdos absolutos

Mientras las encuestas martillan con su industria del subibaja pero nos mantienen en estado de quién sabe, tócanos asistir a una campaña preelectoral cruzada por descalificaciones, destratos y agravios.

Aun a quienes acendramos nuestras convicciones por haber sufrido en carne propia las desgracias que le aparejaron a la República los experimentos extremistas, el escenario en su conjunto nos provoca más perplejidades que entusiasmos, más estupor y desazones que devociones y entregas. A todos. Incluyéndonos a quienes tenemos definido el voto con fervor y esperanzas.

En el actual round, predominan las frases recortadas y los golpes de efecto. No aparece el discurso orgánico que busca ordenar las cabezas, sembrar doctrina y mover a la acción. En vez, menudean los absurdos absolutos, de los cuales es un ejemplo -pedagógico pero deplorable- el toletole que rodeó la abstrusa negociación para que el Uruguay recupere la costumbre de que los postulantes a Presidentes se enfrenten cara a cara ante las cámaras de televisión.

Como bien señaló El País en su editorial de ayer, al elegir sucesivamente a Vázquez, Mujica y Vázquez, la ciudadanía cometió el error de entregarle tres veces el gobierno precisamente a los candidatos que prefirieron no debatir, con lo cual -agregamos nosotros-premió la cobardía intelectual de los que siendo parco uno y parlanchín el otro- juntos y sin diferencias temieron razones y le escaparon a ponerse frente a frente.

Ese episodio es paradigmático, pues volvió a dejar a la vista que todo se forcejea y se negocia en términos de mercado de imagen, manejándose con el criterio utilitario de los asesores sin compromiso o el desenfreno de los hinchas en la Tribuna Amsterdam, usando mucho más las técnicas de captación para hipnotizar que hacer pensar a cada uno por sí mismo y realzar principios de interés general y bien común.

Que por ir tercero en las encuestas, hasta hoy se le haya negado acceso a debatir al economista Ernesto Talvi no es un asunto personal del estudioso candidato colorado y no se cierra con reconocerle el derecho a quejarse, como deslizó el Dr. Lacalle Pou, porque lo que está en juego no es el capricho personal del candidato ni el interés de un partido histórico sino el deber democrático de escucharnos todos a todos.

Si en vez de los debates televisados sobre el futuro del país, lo que tenemos es una discusión sobre quiénes entran y quienes no en la grilla, si aparecen respuestas desajustadas en todos los partidos, si hasta a un mes de los comicios se enrarece el clima con un pedido penal contra un candidato, y si todo ese panorama se recorta sobre el desenfreno de mensajes insultantes que proliferan en las redes sociales, si todo eso pasa, no es sólo por fiebre electoral.

Es por algo mucho más profundo, que nos viene de largas décadas: el Uruguay dejó caer la cultura cívica que otrora lo enorgullecía con justa razón. Peor aún: a muchos los convencieron de que la lucha de todos contra todos es una ley natural, por lo cual fácilmente engranan con un “vale todo” darwinista que legitima que el pez grande se coma al pez chico.

Estamos ante un marasmo cultural. Cambiar el gobierno es imperioso. Pero la tarea de la ciudadanía no se agotará en el voto. El Uruguay necesita un “risorgimento” cívico. Es decir, de todos.

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