Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Nosotros mismos

En 48 horas hemos de votar, dirimiendo esperanzas en la paz de las urnas.

El Uruguay tiene experiencia antigua y actual con la intolerancia, pero en las urnas la crispación se vuelve fraternidad. ¿Acaso porque así lo manda la Constitución? Más que eso, porque en el fondo tenemos hábitos respetuosos que nos brotan de adentro. Al hacer cola para votar, los cumplimos como algo normal, sin sentir.

Es que más allá de los injertos de fanatismo, el ser uruguayo es incansable en afirmar “la libertad civil y religiosa en toda su extensión imaginable”, como mandó Artigas en las Instrucciones del Año XIII. Esa libertad ha conocido eclipses totales y oscurecimientos solapados. Cuando se nos vino la noche, todas las generaciones se aunaron para dar respuestas vencedoras.

Más allá de que algunos abran zanjas y profesen admiración a dictaduras malolientes, nuestra ciudadanía lleva en el alma una impronta liberal que es indeleble. Esa impronta ha de unirnos por encima de los odios que algunos han intentado explotar.

Artigas proclamó que "Nada debemos esperar si no es de nosotros mismos". Votemos lo que votemos, ese apotegma de 1816 hoy debe tener el valor de un llamamiento perentorio a todas las fuerzas morales y espirituales de la República para que, quien sea el Presidente, el lunes nos levantemos a luchar y a construir nosotros mismos. No es cosa de consultar los determinismos de afuera o de adentro. Es cuestión de erguirnos para resolver la índole de personas y la clase de pueblo que queremos ser.

Una enorme tarea nos espera, pues tenemos pendientes múltiples temas estructurales que nos carcomen.

Un ejemplo: todos sabemos que el Derecho Penal y sus procedimientos fueron destrozados al poner en vigencia un Código remendado e intolerable, pero hasta hoy nadie se anima a plantear su derogación.

Otro ejemplo: se ha hablado muchísimo sobre educación pero no se ha enfrentado la decadencia cultural que, atravesando todas las clases y funciones, hoy empobrece nuestro modo de sentir, pensar y trabajar.

Y así sucesivamente, ¿por qué? Porque es mentira que todas nuestras desgracias sean solo “socioeconómicas”: la realidad es que tenemos problemas con los sentimientos, con el pensamiento lógico, con el interés por saber, con los proyectos personales y familiares de vida. Quienquiera se haya sentido responsable de una gestión pública o privada sabe que nuestras debilidades no son solo materiales: van desde nuestra empobrecida visión del hombre a la filosofía del trabajo, a la moral y al concepto de Derecho. Y eso no se arregla con más presupuesto sino con ideas claras, convicciones firmes, prédica y diálogo en la plaza pública.

Hace unas horas despedimos al Dr. Héctor S. Clavijo, hombre noble, firme en su militancia blanca, hombre de Derecho sin claudicaciones. En el recuerdo de la franqueza con que se definió contra la dictadura y nos acompañó en El Día junto a Carlos Julio Pereyra, rendimos homenaje a los innumerables ciudadanos que sirvieron los principios que aquí defendemos, rindieron culto a la legalidad, sirvieron al Estado y se fueron sin poder pero con honra.

En esta víspera histórica, sentimos a nuestro costado la sombra de esas presencias. Y sentimos también su eco, al pronunciar la palabra mayor que siempre salvó a la criatura humana después de los peores azotes: ¡¡¡Mañana!!!

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