Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Contra qué y para qué

Mientras el continuismo busca efecto electoral devolutivo —de Vázquez a Mujica, de Mujica a Vázquez—, en la oposición son muchas las figuras nuevas que logran brillo propio porque piensan por su cuenta.

Mientras el continuismo busca efecto electoral devolutivo —de Vázquez a Mujica, de Mujica a Vázquez—, en la oposición son muchas las figuras nuevas que logran brillo propio porque piensan por su cuenta.

Otras generaciones han tomado las banderas del Partido Colorado y el Partido Nacional. Surgen nuevos bríos y nuevas esperanzas. Eso sí: no hay que arrumbar toda la sabiduría que aportan los conductores de ayer, que hoy palpitan en sus evocaciones vitales —Sanguinetti buceando en el mensaje de Figari y Luis Batlle—, en sus refutaciones esclarecedoras —Jorge Batlle enfrentando al oficialismo— y hasta en su silenciamiento voluntario -Lacalle de Herrera dejando generosamente espacio a lo que adviene. En la juntura de generaciones, revivamos el voto del rey don Alfonso ante el Cid, recogido por nuestro Wimpi: “Que todo sea para bien”. Tras la decadencia, falta nos hace.

En 200 horas, votaremos. Para que corresponda al ideal republicano, el sufragio de cada uno deberá surgir de razones claras y convicciones firmes, que desde el cuarto secreto de la conciencia proclamen la clase de hombre que queremos criar por encima de las clases sociales y el diseño de país libre, seguro y equilibrado que ambicionamos. No se vota para acomodar el cuerpo sino para elevar el destino. En una convivencia culta, votar es proyectar lo mejor de uno mismo.

En ese plano, más allá de las preferencias partidarias, hay que defender principios y combatir a quienes los transgreden. Hay que votar contra los que tanto oficializaron la guarangada, que necesitan latiguillos de base genital hasta para adjetivar una grúa, en el lenguaje de un gobernante al que, igual que al rey del cuento de Andersen, ninguno de sus adulones le avisa que no tiene un traje invisible sino que está desnudo.

Hay que votar contra la tesis de que la política está por encima del Derecho, aplicada sin pudor por el Presidente que ayer volvió a violar la Constitución, entremetiéndose en la campaña electoral; tesis que hoy infesta los escondrijos de una Administración que confunde al Estado con el lema gobernante.

Hay que votar contra el desmanejo de ANCAP, premiado con la exaltación de su reciente Presidente a una candidatura vicepresidencial encaramada sobre 169 millones de dólares de déficit. Contra la carestía telefónica impuesta por ANTEL para construir un circo ajeno a sus competencias. Contra la ciénaga moral en que vino a parar el agujero financiero de PLUNA, tras un remate impresentable. Contra el desparpajo con que se nos propone que la seguridad civil de los próximos cinco años siga en las mismas manos que está.

Hay que votar para que los derechos humanos no sean retrospectivos sino actuales, garantizando a nuestros seres queridos robados y golpeados en las calles y devolviendo dignidad a la masa de indigentes que hoy se mantiene sin más horizonte que el MIDES.

Hay que votar para que las coincidencias republicanas, coloquen a la razón y la justicia por encima de la guerra de clases, instalada como “método” por el socialismo cuando se decía “científico”, pero impropia de la época actual, en que, entregando Aratirí y apalabrando a Soros, a gatas osa hablar de “utopías” y “sueños por realizar”.

Si como nación debemos hoy abrirnos paso en un mundo donde se cruzan intereses, espionajes, fanatismos y guerras, sintámonos llamados a votar por restablecer el humanismo en su fragua: la conciencia personal y la libertad.

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