Julio María Sanguinetti
Julio María Sanguinetti

El Uruguay optimista

Días pasados, Lincoln Maiztegui Casas, un excelente historiador pese a una golilla blanca que por suerte no esconde, escribió: “En este país que parece estar decidido a renunciar a lo mejor de su propia tradición histórica, que se ha inventado una raigambre indígena que nunca existió y que hace ingentes esfuerzos por olvidar que la esencia de su cultura está hondamente enterrada en Europa; cuando ya en los liceos ni se menciona el Ariel de Rodó y se sustituye el estudio del Tabaré de Zorrilla de San Martín por algún infecto poema de tres al cuarto siempre que su autor haya sido “políticamente correcto”, evocar algunas de las grandes figuras históricas que forjaron una nación a partir de lo que fuera apenas un accidente histórico se vuelve no solo una tarea imprescindible de rescate, sino un grito desesperado en el desierto, una voz que clama contra la disolución del ser nacional de la que somos testigos y contemporáneos”.

Días pasados, Lincoln Maiztegui Casas, un excelente historiador pese a una golilla blanca que por suerte no esconde, escribió: “En este país que parece estar decidido a renunciar a lo mejor de su propia tradición histórica, que se ha inventado una raigambre indígena que nunca existió y que hace ingentes esfuerzos por olvidar que la esencia de su cultura está hondamente enterrada en Europa; cuando ya en los liceos ni se menciona el Ariel de Rodó y se sustituye el estudio del Tabaré de Zorrilla de San Martín por algún infecto poema de tres al cuarto siempre que su autor haya sido “políticamente correcto”, evocar algunas de las grandes figuras históricas que forjaron una nación a partir de lo que fuera apenas un accidente histórico se vuelve no solo una tarea imprescindible de rescate, sino un grito desesperado en el desierto, una voz que clama contra la disolución del ser nacional de la que somos testigos y contemporáneos”.

Más allá de su dramática apelación, esta nota, con la que inauguró un trabajo sobre Elbio Fernández, vaya también como introducción a estas líneas en que —con mirada actual— conmemoramos el cincuentenario de la muerte de Luis Batlle Berres, al que por estos días le hemos dedicado un libro: “El Uruguay del optimismo”.

Sobrino del Presidente José Batlle y Ordóñez y nieto del Presidente General Lorenzo Batlle, construyó su liderazgo abanderando —desde la radio y el diario— las grandes causas de la libertad en el siglo XX: la República Española frente al aluvión falangista, los Aliados en la Segunda Guerra Mundial contra el fascismo y al nazismo, la creación del Estado de Israel en conflicto entonces con Gran Bretaña y hasta hoy con el mundo musulmán, la democracia nacional —junto al nacionalismo independiente— en el momento del golpe de Terra y la soberanía del país cuando el gobierno de Perón quería silenciar la voz de los argentinos que, al amparo de nuestras libertades, predicaban por recuperar las suyas en una patria que se les había hecho ajena.

intentó preservar buenas relaciones con el gobierno argentino, y pese a la disimilitud de su origen e ideas, la entrevista que en febrero de 1948 sostuvo en el medio del río con el propio Perón fue testimonio de su voluntad de concordia. Ésta se hizo ilusoria más tarde y los pueblos quedaron imposibilitados de cruzar las fronteras entre 1951 y 1955.
Luis Batlle Berres, como Presidente de la República (1947-1951) o Presidente del Consejo Nacional de Gobierno (1955) y miembro de éste (1956-1959) continúa el impulso de su antecesor, Don Tomás Berreta, en la tecnificación agrícola, con su batalla por el trigo. Y pone todo su empeño —que le acompañará en su larga trayectoria— por exportar los productos de nuestra industria. Suele mencionársele con simplismo como el campeón de la sustitución de importaciones, ignorando que ella venía desde la crisis de 1929 y la pre-guerra mundial, simplemente por la escasez.

No fue una doctrina sino un hecho económico que hubo de enfrentarse. La producción de neumáticos en Uruguay nació en 1936 por una “sustitución de importaciones” que se habían hecho difíciles. La elaboración de nuestra materia prima, la lana, tenía ya larga tradición, y lo que intenta Luis Batlle Berres no es cerrar el mercado sino batallar por la exportación. Su alegato contra el proteccionismo norteamericano y europeo, que él personalmente llevó, con encendidos discursos, a los centros mismos de su producción, dan cuenta de una idea clara de la necesidad de salir al mundo.

Hombre de tolerancia, no siendo creyente convivió con la Iglesia cordialmente. Y adentro del Partido Colorado, restañó las heridas de 1933 incorporando a su gobierno figuras como los Dres. Charlone, Claveaux o Bado, que habían integrado el gobierno de Terra.
Defensor de la cultura nacional, tuvo dos grandes apoyos en Justino Zavala Muniz, el creador de la Comedia Nacional, y en Óscar Secco Ellauri, el Presidente del Sodre que inauguró la televisión nacional y llevó su sinfónica y su ballet a realizaciones mayores.

Hubo de luchar a derecha e izquierda. Los conservadores llamaron “comunistas chapa 15” a los jóvenes que le acompañábamos, por defender conquistas laborales, pero nunca el comunismo bajó más su electorado que al término de la presidencia de Luis Batlle Berres. Los comunistas, a su vez, le tildaron de burgués por defender la inversión extranjera para desarrollar el país con industrias nacionales.

Muchas de sus fórmulas, como las de su tío, fueron propias de su tiempo. No pueden juzgarse con anacronismo. Pero cuando se viven las actuales dificultades para defender la industrialización de nuestra madera, se siente viva su lucha. Y cuando se ve a nuestra juventud perderse en los oscuros repliegues de una educación sin rumbo, más que nunca evocamos aquel esfuerzo escolar que duplicó la enseñanza media y pobló el país de escuelas rurales, que instaló definitivamente la figura de Artigas en el imaginario colectivo de una generación y que le dio al país —por encima de todo— fe en su destino y en su capacidad de hacer. Luis Batlle Berres no es solo una avenida en el nomenclátor; es una figura a la que, más allá de los debates que arrastra una vida de combate, nadie puede negar su enorme contribución al desarrollo de la democracia uruguaya.

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