Julio María Sanguinetti
Julio María Sanguinetti

La tierra purpúrea

Parecería que nuestro país va retornando a aquel mundo primitivo de “La Tierra Purpúrea”, la clásica novela de W. H. Hudson publicada en 1885.

Parecería que nuestro país va retornando a aquel mundo primitivo de “La Tierra Purpúrea”, la clásica novela de W. H. Hudson publicada en 1885.

El largo siglo que nos separa de la visión que el inglés tuvo de nuestra campaña y sus guerras civiles, fue un ascendente proceso civilizatorio que nos llevó a ser el país de la América Latina con mejor “desarrollo humano”, en términos de educación, avance social y distribución de la riqueza.

Los años de la guerra fría, tan evocados estos días a raíz de la muerte de Fidel, nos retrotrajeron a la violencia política. La exportación de la revolución cubana, luego de su radicalización, nos llegó ya en 1963 con la aparición del Movimiento de Liberación Nacional - Tupamaros, así como al año siguiente comenzó la réplica golpista en Brasil. Desde entonces, durante veinte años, quedamos envueltos en esa dialéctica de guerrilla revolucionaria y golpe militar para combatirla. Pese a esa violencia política, nuestra sociedad uruguaya no modificó sus valores básicos y por eso en 1980 se vivió el histórico plebiscito y en 1985 pudo retornarse a la democracia con una normalidad sorprendente.

Hoy la situación es bien distinta. El sistema político funciona con normalidad y el reciente fallecimiento del ex Presidente Jorge Batlle fue una cabal demostración de madurez cívica, al inclinarse todos los partidos a un recuerdo afectuoso y de reconocido agradecimiento a una vida consagrada a la política. Sin embargo, por debajo de ese “fair play” democrático, la sociedad acusa síntomas de retroceso que ponen nubes sombrías en el horizonte.

La violencia contra las mujeres es una de sus peores expresiones. En los últimos cinco años, invariablemente, una treintena de mujeres pierde su vida a manos de cónyuges, formales o informales, y los datos comparativos nos ubican en el peor lugar en América Latina. Es asombrosa la persistencia de ese machismo agresivo y que el mismo se exprese en términos de una violencia tan cruel. Se registran, incluso, reiterados casos de niños asesinados por sus padrastros o amantes de sus madres, para herirlas en lo más querido. El último año hubo 12 niños asesinados. ¿No es algo horroroso”.

Los episodios de violencia en el fútbol son también un testimonio incuestionable de la marginación de algunos sectores de la sociedad, marginación no necesariamente asociada a la pobreza. Esas bandas que tanto han dañado a Peñarol y que provocaron el disturbio en el partido clásico, parecen ser una expresión de lo que Marx llamara “lumpen” pero la banda de Nacional que asaltó un festejo de los rivales en Santa Lucía, viajando 60 kilómetros en varios automóviles, no se encuadra en absoluto en el sector más bajo. Estamos entonces frente a hechos que los responsables del orden público no han sabido -o no han querido- combatir. Tuvieron que ocurrir episodios de esa gravedad para que “de aquí en más”, como dijo el Presidente de la República, no se le tema a la palabra “represión”, hasta ahora tabú para la mentalidad frenteamplista.

Ese fenómeno, naturalmente, se inscribe en una delincuencia rampante: en el 2000 había 6.751 rapiñas, en el 2004 (pese a la crisis), 7.000; los dos últimos años registran 20.114 y 21.126, respectivamente. Huelgan los comentarios.

Si vamos al sistema educativo nos encontramos con el mismo panorama, de agresiones constantes a maestros y profesores difundidas a través de frecuentes paros. Ocurren, desgraciadamente, en un sistema educativo en crisis, que luego de haber sido un emblema nacional de progreso, hoy es lo opuesto. En las escuelas de Varela, los liceos de Don Pepe Batlle y los talleres de Pedro Figari, se amalgamó la sociedad uruguaya, integrando el enorme aluvión inmigratorio. Hoy es al revés, porque desde allí nacen desigualdades irreversibles. En materia de resultados hemos perdido la delantera que siempre compartíamos con Argentina y el sector más pobre muestra un rezago tal que permite prever que realimentará esas peligrosas tendencias, porque los cambios tecnológicos lo marginará. Las últimas pruebas PISA muestran que en dos rubros (lectura y ciencias naturales) apenas hemos logrado recuperar la pérdida del resultado anterior, mientras que en aritmética seguimos tan mal como siempre. ¿Qué les espera a los muchachos más pobres, mayoritariamente de bajos rendimientos? ¿No vemos en los semáforos de nuestras calles y en improvisados refugios una humanidad degradada, ya en la juventud, que nos interpela con su presencia?

Hemos pasado, entre 2003 y 2012, los diez mejores años del comercio internacional de que se tenga memoria. Ellos le dieron a los gobiernos frenteamplistas la oportunidad de dar un salto profundo de desarrollo. Se perdieron en un distribucionismo que permitió ganar las elecciones, repartiendo dinero en beneficios variados, pero que hoy desnudan su carencia. El Presidente reconoce en España que estamos mal de infraestructura para acoger grandes inversiones y reacciona ante la violencia. En buena hora que ello ocurra. Como en buena hora también que la Justicia meta presos a los vándalos que han arruinado el espectáculo futbolístico. La cuestión, obviamente, es mucho más profunda que estas esporádicas respuestas. Y nos impone a todos reflexionar sobre el permisivismo en la educación, el escaso impacto de los programas sociales, los métodos de integración social, la debilidad familiar y hasta los programas de vivienda.

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