Julio María Sanguinetti
Julio María Sanguinetti

Sociedad de los desasosiegos

Dice Lacan que “quizás no haya ningún fenómeno que contenga un sentimiento destructor más grande que la indignación moral, lo que lleva a que la envidia o el odio actúen disfrazados de virtud”.

Esta extraña situación se advierte cada vez más en el mundo occidental y también en nuestro continente, aun en países que objetivamente han mejorado. Los autoproclamados monopolistas de la “indignación” encaran movilizaciones en las que se anidan luego esos sentimientos rencorosos que terminan pervirtiendo la causa y contribuyendo a un malestar general.

Nunca hubo más libertad (aunque sobrevivan eclipses dramáticos como Cuba o Venezuela). Nunca se logró bajar la pobreza tan significativamente. Vivimos todos más, al punto que en 40 años América Latina registra 16 más de expectativa de vida al nacer, con varios países que llegan a los 80 años. ¿Cómo se explica, entonces, tanto malestar, expreso o latente en nuestros países?

Ante todo, es verdad que hay carencias políticas. Lo de Bolivia es típico, porque su conflicto nació del extravío personal de un líder popular que se creyó habilitado para atropellar la Constitución y el voto popular en aras de permanecer en el poder. Sin embargo, más allá de esta situación, u otras también de origen político como la corrupción, vivimos una sociedad con nuevos esquemas de valores y muchas incógnitas.

Ha ganado espacio la mujer y es una gran demostración de que no todo es pérdida, como se suele pensar. Nuestro propio país muestra uno de los grandes poderes del Estado, el Judicial, con una amplia mayoría femenina y se advierte lo mismo en los egresos de la Universidad. Son procesos relevantes, que han llevado años pero cuyos resultados se perciben. Lo mismo podríamos decir de los grandes debates de bioética, como la despenalización del aborto, el matrimonio igualitario o los avances, también de años, en las modalidades diversas de la discriminación.

La gran cuestión es que, junto a estos adelantos, chocamos con extraños fenómenos de retroceso, algunos universales, como el profundísimo impacto de las redes. Por allí circula todo, lo bueno y lo malo, y se han transformado en una herramienta poderosa para agitar, pero bien poco eficiente para construir. Desde ellas nacen esas autoconvocatorias que comienzan invocando lo sublime y terminan en lo ominoso. O , en un terreno bien sencillo, como lo hemos visto en Montevideo, se convocan jóvenes para un episodio colectivo de diversión y se termina en violencia, por la irrupción de grupos que se han ido marginalizando y comienzan a ser tribus urbanas, ajenas a los valores de la convivencia.

Detrás de todo eso, está el retroceso incuestionable de la autoridad familiar, la ausencia de madres y -sobre todo- padres, capaces de educar a sus hijos. Asimismo, esa pérdida de autoridad se advierte en el ámbito educativo, cuyo misión hoy va mucho más allá de la alfabetización y la formación intelectual, transformada en una imprescindible rueda auxiliar de esa familia debilitada. Desde los directores de establecimientos, inestables y a veces jaqueados por presiones gremiales o personales, hasta los propios docentes, han perdido el histórico nivel de consideración. Bajo el noble propósito de acercarse más al educando, hemos terminado en una confusión de roles: no se asume que hay uno que enseña y otro que va a aprender. Cuando se habla de autoridad no estamos hablando de los viejos patriarcados sino del imprescindible rol de dirección y el acatamiento natural que él debe tener.

No es ajena a estos malestares la inseguridad laboral que la nueva economía genera. Falta gente en los empleos de las nuevas tecnologìas y sufrimos una importante desocupación en el resto de las actividades comunes. Incluso éstas, son mucho más exigentes en calificación y en cualquiera de los casos no existe más el empleo para toda la vida.

En general, se reconoce que la pobreza ha bajado, pero la marginalización es muy fuerte. En Uruguay nunca ha habido más gente en situación de calle, los asentamientos irregulares han seguido creciendo y allí nos topamos con un tema gigantesco: la droga.

A lo largo de la última década hemos visto crecer exponencialmente el problema, en todas su dimensiones, la policíaca y la social, que hace a la salud física y psíquica. Nos preocupa muy particularmente esta última dimensión, porque es incuestionable que en nuestra sociedad ha bajado la percepción del riesgo sobre las drogas en general, más allá de la marihuana, que disfruta de una suicida tolerancia, bendecida por su oficialización. Desde el gobierno se celebra que un tercio de los consumidores de marihuana ahora compran la oficial, al tiempo que se reconoce que en los últimos 12 meses hay prevalencia en unas 259 mil personas. Es más, en los liceales un 20% es consumidor y sigue creciendo, mientras los psicólogos, psiquiatras y neurólogos advierten en sus clínicas el daño avasallante que se viene dando en nuestra juventud.

Las campañas de información han sido débiles y todos los anuncios gubernamentales van en la lógica de banalizar los consumos y soslayar el impacto de las adiciones. Si no asumimos este tema globalmente, como sociedad, más allá de la batalla con el narcotráfico, la degradación continuará. Naturalmente, los vacíos espirituales y temores de la juventud solo se llenarán con su vida afectiva, educación, deporte, trabajo, arte, pero si no tienen la adecuada conciencia de los riesgos que corren, nada será suficiente.

No hay margen para seguir endulzando esta amargura.

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