Julio María Sanguinetti
Julio María Sanguinetti

En el nombre de Dios

Bienvenida ha sido la reciente promoción a Cardenal del Arzobispo montevideano Daniel Sturla. Aun quienes no somos creyentes saludamos el éxito personal de un compatriota y tampoco somos indiferentes al hecho de que la Iglesia universal haga un reconocimiento a la uruguaya, importante institución nacional.

Bienvenida ha sido la reciente promoción a Cardenal del Arzobispo montevideano Daniel Sturla. Aun quienes no somos creyentes saludamos el éxito personal de un compatriota y tampoco somos indiferentes al hecho de que la Iglesia universal haga un reconocimiento a la uruguaya, importante institución nacional.

Recuerdo con satisfacción que en 1958, cuando llegó a esa distinción Monseñor Barbieri, el entonces líder del Partido Colorado, Don Luis Batlle Berres, me dictó un suelto para el diario ACCION, felicitándolo. Eran ya tiempos en que el laicismo batllista convivía más cordialmente con la Iglesia, aun cuando nuestro colega el diario “El Día” seguía escribiendo Dios con minúscula. En la misma dirección, en ocasión de nuestra visita oficial al Vaticano, en 1985, le planteamos al Secretario de Estado y a un grupo de Cardenales que le acompañaban nuestra aspiración a que Uruguay volviera a tener un Cardenal. De algún modo les sorprendió gratamente que lo hiciera un notorio agnóstico, presidente de un Estado tan laico, pero la respuesta fue negativa. No de modo expreso, pero si tácitamente, cuando el Cardenal Sodano nos explicó que un Cardenal no representa a un país sino que es un Ministro de la Iglesia, llamado a grandes responsabilidades y que, en consecuencia, son sus condiciones personales las decisivas.

Todo esto viene a cuento para celebrar , una vez más, lo que es el clima de tolerancia que nuestra República construyó, a lo largo de un proceso de secularización, polémico y a veces pasional, que va desde la secularización de los cementerios ( 1864) a la definitiva separación de la Iglesia en la Constitución de 1917.

Valga esta introducción para condolernos de que el mundo aun no haya podido alcanzar una separación de las órbitas del Estado y la religión, “al César lo que es del César y a Dios lo que es Dios”, y sufra el flagelo de una concepción dogmática, en que la religión se hace política y ésta, a su vez, religión. Ese ha sido y es el drama del mundo musulmán y la explicación profunda del atraso que aun sufre. Algunos países como Egipto han avanzado y otros, como Turquía, que fuera pionero en la secularización de Estado bajo Kemal Ataturk (1881-1938), vive hoy una situación de tensión entre las fuerzas que representan el mundo laico (fundamentalmente su ejército) y las de la doctrina musulmana.
El hecho es que organizaciones musulmanas fundamentalistas han declarado la “ guerra santa” a Occidente y sus valores, arrogándose el derecho a imponer sus retrógadas concepciones de la sociedad, que van desde el absolutismo religioso a la oprobiosa subordinación de la mujer. Salvo Irán, más que Estados son organizaciones que saltean incluso las fronteras, como el reciente califato islámico.

Por supuesto Occidente ha vacilado ante la naturaleza del conflicto. La invasión de los EE.UU. a Irak fue un cumplido ejemplo de error. Y Europa, en general más sutil, vive bajo el temor de la insubordinación de sus propios ciudadanos musulmanes, muchos de ellos hoy enrolados en las fuerzas del radicalismo, como lo estamos viendo en las escalofriantes degollatinas del Estado Islámico o en esta cruel matanza de París. En este caso el atentado ha sido de tal magnitud, que –por fin- todas las democracias occidentales se han alineado contra el terrorismo.
Europa es vieja y rica. No obstante su mal momento económico ha alcanzado un enorme desarrollo. Nos explicamos que le cueste asumir la lógica de la guerra pese a que sus enemigos se lo gritan en la cara. Se precisó de este bárbaro ataque para sacarla de su prescindencia, aun ante los asesinatos de cristianos que ocurren en países musulmanes.

Resultaba más cómodo pensar que el conflicto era con los judíos , cuando es entre los radicales musulmanes y todo Occidente.Con alegría vimos en la marcha parisina al Presidente de Israel con el Presidente de una Autoridad Palestina que apenas ejerce alguna autoridad sobre Cisjordania (no sobre Gaza) pero que es fundamental que asuma la oposición al terrorismo. Hay allí otra pauta del camino a recorrer, que es bien contrario a la liviandad con que parlamentos europeos han reconocido al “Estado palestino” en nombre de un derecho a la autodeterminación que él le niega a su vecino y cuyo exterminio sigue anunciando.

Nos hacemos cargo de los matices que hay entre las Torres Gemelas (2001), el atentado de Atocha (2004) y el Metro de Londres (2005), pero el común denominador son las mismas organizaciones e idénticos razonamientos, que entrampan tantas veces a los occidentales, al cambiar simplemente el pretexto. La más exitosa represión no será nunca bastante frente a un fanatismo que se sigue alimentando desde ciertas escuelas y mezquitas, proveedoras de fanáticos combatientes. Si no se corta esa cadena de odios en su propia fuente, se podrán ganar batallas pero no terminar la guerra. El gran frente antiterrorista debe incluir, por lo tanto y en primer lugar, a los musulmanes pacíficos y a los Estados árabes amenazados, que finalmente tendrán que llegar a la secularización que Occidente construyó desde el Iluminismo voltaireano. Sin esa definición, no habrá final para lo que más que un choque de civilizaciones es una guerra de religión. 

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