Julio María Sanguinetti
Julio María Sanguinetti

Un Grande

El talento no se inventa. La bondad no se aprende. Son atributos de la personalidad, con los que se nace o no se nace. A lo largo de la vida podrán cultivarse o desaprovecharse, pero la condición natural está en su esencia.

El talento no se inventa. La bondad no se aprende. Son atributos de la personalidad, con los que se nace o no se nace. A lo largo de la vida podrán cultivarse o desaprovecharse, pero la condición natural está en su esencia.

La vida de Daniel Scheck nos inspira esta reflexión, cuando a los 85 años, deja de existir. Hacía ya mucho tiempo, que la salud lo había retirado de la vida activa, pero allí estaba, pese a todo. Desde ahora, está en el recuerdo, en sus libros y en sus obras. Vive el que ha dejado, deja el que ha vivido, dice el poeta.

El centro de su trayectoria estuvo naturalmente en El País, donde trabajó codo a codo con sus hermanos Carlos Eugenio y Eduardo, Coshile y Lalo, muy diferentes entre sí pero todos brillantes. En ese escenario periodístico, nada le fue ajeno. Hizo crónica deportiva, escribió de lo que cayera, impulsó la vida cultural y construyó un espacio humorístico, la genialidad de la revista Lunes, un hito en el periodismo nacional. Lo compartió con su otro hermano, Jorge, con quien, a su vez, constituyeron el binomio de Los Lobizones, que condujo y libretó el programa de televisión Telecataplum, que ya es leyenda en todo el Río de la Plata. Luego de un arrasador éxito en Uruguay, se trasladó a Buenos Aires, donde ese humorismo fino, ingenioso, culto, produjo una verdadera revolución. Hasta ganó un Martín Fierro en hazañosa culminación para un elenco uruguayo. No creo que en Uruguay se haya producido algo parecido y en el Río de la Plata “Les Luthiers” es la única creación que puede comparársele.

Su idea de diario iba más allá de un simple catálogo de noticias y opiniones. En un periódico de tradición política, imaginó algo más amplio, que reservara las ideas para su lugar, pero que fuera el espacio de acompañamiento de la vida del lector. Que le ofreciera, también, entretenimiento; que le llegara con productos culturales variados, en el arte, la historia, el conocimiento; que acercara el mundo de la cultura al ciudadano común. Incluso en la dimensión comercial, el famoso “Gallito Luis” fue concebido como un servicio al ciudadano y así también fue otro mojón.

En esa visión del periódico como institución un cierto día Daniel compró el Archivo Caruso, que es el repositorio fotográfico del diario “El Día”, transformándose así en una fuente histórica insustituible de valor nacional. De ella han salido ejemplares recopilaciones y no hay trabajo histórico que en algún momento no haya recurrido a ese manantial.

Llegada la hora digital también impulsó esa edición que a poco de andar se transformó en líder de su sector.

Por todas estas vías, la modernización de El País le permitió superar las encrucijadas que los diarios en papel han vivido y aun adolecen. Lo que adquiere particularísimo relieve cuando se piensa en que diarios tan atractivos como “La Mañana” y “El Diario” o de tanta relevancia como “El Día” sucumbieron en estos acelerados tiempos de cambio.

En un cierto momento de la vida del diario le tocó también sustituir a su hermano mayor en la gerencia de la empresa. Daniel era un creativo, un imaginativo, un hombre de proyectos especiales, de ocurrencias. Se le abrió entonces el desafío de la administración, esa tarea ardua de manejar finanzas, vigilar costos, administrar personal. Y allí volvió a demostrar que la inteligencia siempre termina venciendo los escollos.

Cabe agregar que también presidió por años el directorio del Canal 12, acompañando a su hermano Horacio, “el ingeniero”, otra insoslayable figura de referencia en el mundo de la televisión.

En el plano gremial fue activo dirigente de la Asociación de Diarios del Uruguay, que presidió 17 años. También fue conductor del Grupo de Diarios América, que reúne a 10 grandes diarios, que comparten sus materiales, enriqueciendo su capacidad informativa. Y en un terreno más amplio, la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) contó con su participación activa, en las tantas batallas por la libertad que hubo que dar y que, desgraciadamente, siguen librándose en esta América Latina que no termina de consolidar sus instituciones.

El currículum, la carrera de la vida, podría seguir enumerando cargos y encargos. Su conjunto, sin embargo, no alcanza a darnos la completa idea de este hombre bueno y cordial, de mano tendida, que transitó por el mundo del periodismo con ímpetu generoso. No hubo funcionario o artista que en algún momento no se cruzara con él para buscar un aliento y no le encontrara siempre dispuesto. Todo lo hacía con pasión, la misma que ponía en su adhesión religiosa al Club Nacional de Fútbol o al sistema democrático, en cuya difusión y defensa nunca vaciló, a pesar de incomprensiones que no se compadecían con el espíritu tolerante con que siempre actuó. Pasión decimos, pero nunca enojo o arrogancia, jamás soberbia. Así -junto a Chocha- también educó a sus hijos, en una escuela de trabajo y valores, de vida sobria y ejemplar, de sencillez natural. Constantemente les recordaba los orígenes modestos de su abuelo y cómo fueron ascendiendo en la vida a base de tesón y honestidad, sin envanecerse en los éxitos ni resentirse en las caídas.

Daniel fue un grande en una generación del país que vivió grandes momentos y superó, no sin sufrimientos, los estertores de la guerra fría que hasta aquí nos llegaron. Siempre miró hacia arriba, no se resignó a la mediocridad, su espíritu travieso le mantuvo siempre alerta a los vientos de los tiempos. Son ejemplos a seguir, que permanecerán alentando desde el recuerdo.

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