Julio María Sanguinetti
Julio María Sanguinetti

Entender lo que llega...

Decía Einstein que el problema del futuro es que llega demasiado rápido. Es lo que nos ha ocurrido y nos sigue ocurriendo.

Cuando hace cien años terminó la Primera Guerra Mundial, se pensó que bastaba atar de pies y manos a los perdedores para que la paz fuera eterna y la sociedad industrial expandiera ilimitadamente sus bienes. Veinte años después, estábamos de nuevo en guerra, pero ahora con un enfrentamiento ideológico radical entre la democracia y el nazismo, racista y totalitario. Terminada ella, un nuevo tiempo histórico se abrió, edificándose las grandes instituciones internacionales, empezando por las propias Naciones Unidas, que nos asegurarían un mundo de cooperación. Pero la contienda, de nuevo ideológica, irrumpió entonces entre los triunfadores de la guerra. Democracias de un lado, socialismo del otro. Hasta que en un cierto día de 1989 se cayó el muro de Berlín y quedó consagrado el triunfo de la democracia liberal y la economía de mercado.

Seguían dándose secuencias históricas, pero cada vez más aceleradas. De pronto se nos reveló algo que venía ocurriendo por detrás de la confrontación ideológica: la globalización comunicacional, las redes, la robotización, la nueva forma de riqueza en el mundo digital, la sociedad de la comunicación, la política como espectáculo, la crisis de la representación democrática con su secuela populista… Y para irrumpir definitivamente la globalidad, una pandemia -en vivo y en directo- que puso en el centro de la escena al Estado y a la ciencia. El primero, usando poderes extraordinarios, que fueron imprescindibles pero que se ven usados abusivamente en algunos países; la ciencia mostrando, a la vez, que es tanto nuestra mayor herramienta como que no siempre posee las respuestas. Ahora nos encontramos con las consecuencias: la paralización económica, la aceleración incontenible del mundo digital, la pérdida de fuentes de trabajo y el aumento de la inequidad social. Al mismo tiempo, la evidencia de un mundo cuya gobernanza se ha debilitado al mínimo, porque en un fenómeno esencialmente global como la pandemia, cada uno hizo lo que le pareció, desde China a EE.UU., desde Inglaterra a Brasil.

Nuestro país la ha enfrentado exitosamente. Hoy se ha debilitado en algo el ejercicio responsable de la libertad, pero igualmente nuestro sistema sanitario logra mantener controlado el fenómeno. También se han podido mitigar los daños mayores de la situación: el BPS, al fin del mes de julio, había gastado 530 millones de dólares adicionales, aumentando su déficit; entre Salud Pública y el Mides, otros 200. Hoy esas cifras han quedado atrás, pero lo importante es que se enfrentó la desocupación y la crisis social con espíritu solidario. Hubo que asistir a un 23% de la población, demostrando qué poco valor tenían los números de reducción de la pobreza que mostraba el Frente Amplio. Eran mejoría estadística, como lo dijimos una y otra vez, porque se medía solo el valor del ingreso y alegremente se sumaban el gasto tradicional en Salud Pública y los subsidios del Mides. El hecho es que bastaba un tropezón para que se desnudara la realidad: que las necesidades básicas insatisfechas no habían mejorado nada en veinte años, pese a la década formidable de ingresos extraordinarios de la exportación entre 2004 y 2014.

Las prioridades de nuestro actual gobierno se fijaron inicialmente en la LUC y ahora consolida su visión el Presupuesto Nacional. Como ha dicho el economista Isaac Alfie, está basado en la libertad de las personas, en la generación de empleo permanente, en reducir las brechas de la pobreza con políticas sustentables. O sea, abandonar el asistencialismo clientelístico del Mides para procurar el desarrollo auténtico en base a la inversión privada y pública, la educación de calidad para los nuevos tiempos y la sostenibilidad de unas finanzas que no sean sol para hoy y tormenta para mañana. Por eso no se aumenta la presión fiscal, que el FA llevó de 27% a 37% del PBI, como si fuéramos Suecia o Alemania.

Esa presión impositiva está en la base de la pérdida de 50 mil empleos en los últimos cinco años; por el exceso de gasto y los déficits acumulados es que se triplicó la deuda pública y por la sumatoria de estos efectos es que hace cinco años que la economía no crece. Una vez que los precios internacionales volvieron a la normalidad, nos paramos. Y la desocupación creció, no ya al 10% nacional, como se menciona, sino a un 15% en el sector privado, porque naturalmente el sector público no tuvo desocupados. La cuestión es que los públicos son 300 mil y los otros un millón y medio.

Detrás de todo esto hubo -y hay todavía- una visión obsoleta del mundo. Se sigue soñando con la “utopía regresiva” de que habla Fernando H. Cardoso. Se piensa todavía en idílicos socialismos ya fracasados y que aquí y ahora simplemente se traducen en la irresponsable idea de que los déficits no importan y basta gastar para mejorar. Así ocurrió en la educación. Aumentaron el gasto y cosechamos los peores resultados. Allí la consigna era destruir nuestra reforma de 1995, de la que sobrevivieron las preescolares y las escuelas de tiempo completo, porque si las cerraban las madres prendían fuego al gobierno. Había que retroceder para darle el poder a gremiales reaccionarias, ancladas en el atraso, y seguirle repitiendo a los muchachos que los tupamaros luchaban contra la dictadura y no contra la democracia. La igualitaria miseria cubana y el ignorante autoritarismo “madurista” siguen siendo sus emblemas.

Este gobierno nuestro comienza a marchar en la dirección del mundo, ese global y tecnificado que marcha al ritmo de la expansión tecnológica y no de los eslóganes. Es dentro de él que tenemos que crecer para poder sustentar nuestro histórico Estado Social. La economía no se va a reactivar despilfarrando dinero y a la pobreza solo la vamos a mitigar con empleo genuino.

Este país creció cuando miró hacia el mundo que llegaba; no al que ya estaba detrás y de los que solo restaban algunos restos esperpénticos. Si algo enseña la historia es que nunca hubo justicia sin libertad. Por eso se cayó el Muro y, con él, un modo de pensar.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados