Julio María Sanguinetti
Julio María Sanguinetti

Brasil y nosotros


A los uruguayos la historia nos hizo estrábicos: nos obligó a vivir con un ojo en Buenos Aires y otro en el Brasil. Nada de lo que allí ocurre nos es indiferente y, en más de un momento, el apoyo de los norteños nos equilibró la balanza para pulsear con Buenos Aires, como ocurrió en 1909, cuando el canciller argentino Zeballos, sostenía que no teníamos jurisdicción sobre el Río de la Plata y nuestra soberanía terminaba en nuestras playas.

La cuestión es que la historia brasileña es muy distinta a la rioplatense. Cuando la invasión napoleónica produjo el colapso de la monarquía española, la portuguesa, en cambio, apoyada por Inglaterra, trasladó su Cor- te a Río de Janeiro. De ese modo se mantuvo unido ese vasto reino, mientras los de habla castellana nos despedazábamos en una veintena de repúblicas. La independencia sobrevino cuando el Rey retornó a Portugal y su hijo se quedó, proclamándose Emperador. La monarquía se mantuvo hasta 1889, en que un golpe militar -paradójicamente- trajo la República. De este modo, entonces, no hubo guerra de independencia ni emergió un héroe nacional.

Durante el Imperio había liberales y conservadores, pero resulta difícil distinguirlos como partidos políticos. Lo mismo ocurrió cuando la República, en que el mayor intento de un partido nacional fue, durante los 30, el de Getulio Vargas, que se hundió con él. Difícilmente se estabilizaron corrientes políticas nacionales y ello ha sido un factor persistente de fragilidad del sistema democrático.

Un cambio fundamental se produce en 1992, cuando Collor de Melo, un candidato hijo de una burbuja publicitaria, es destronado por un juicio político y accede al gobierno Itamar Franco. Franco lleva a Fernando Henrique Cardoso a la Cancillería primero y al Ministerio de Hacienda después, con un éxito que lo hace candidato natural del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB). Cardoso ocupa la presidencia entre 1995 y 2003 dando paso luego a dos presidencias de Lula (2003-2011), líder del Partido de los Trabajadores (PT), cuya influencia lleva también al gobierno a Dilma Rousseff. Cuando, pasado el tiempo de la bonanza internacional del comercio, que a todos nos llegó, se desatan los juicios de corrupción, cae la Presidenta en un juicio político y los dos partidos que por vez primera habían alternado el poder, entran en crisis.

En ese contexto de descrédito político, se descabeza el PSDB, cuando es afectado por las investigaciones contra Aecio Neves, candidato que había prácticamente empatado con Dilma; lo mismo ocurre con el PMDB, el mayoritario en el Parlamento, por la dramática caída de popularidad del gobierno de Temer y -con otros matices- se hiere gravemente al PT, que se abroquela detrás de la figura de un Lula que, aunque conservaba la lealtad de algunos sectores populares del norte y nordeste, es condenado por la Justicia y recibía un rechazo rotundo de las vastas clases medias de las grandes ciudades.

Es en ese contexto, entonces, que la figura de Jair Bolsonaro emerge como una alternativa: el “salvador” que liberaría al país de la corrupción y combatiría la inseguridad de modo implacable. Instalado a través de las redes sociales desde hacía una década, la circunstancia se le presenta inesperadamente y su figura -fuerte, dura, combativa- ofrece la imagen de un redentor. Sus opiniones reaccionarias y aun antidemocráticas no sacuden a un electorado que procuraba, con igual valor, combatir esos dos flagelos. Véase que la mayoría profesional se volcó hacia él. ¿Por sus ideas? No, por el rechazo a la corrupción del PT y a una inseguridad que cobró 63 mil muertos solo el año pasado (más o menos la cantidad de bajas que tuvieron los EE.UU. en Vietnam).

Todo indica que la segunda vuelta le será propicia, pero el hecho es que solamente tendrá en el Parlamento 52 diputados, en un total de 513. Tendrá 56 el PT, 2 el PSDB y 33 el MDB . El resto se reparte entre otros 26 partidos. A ello cabe agregar que en los importantes gobernaciones de los Estados, el partido de Bolsonaro no pasa de una o eventualmente dos, mientras los demás partidos siguen repartiéndose esas posiciones relevantes. Con esto estamos señalando que el poder de Bolsonaro estará lejos de ser omnímodo, que tendrá que aprender a convivir con el resto del sistema y que allí es donde se abre la mayor incógnita. ¿Tendrá la flexibilidad para construir una mayoría operativa? ¿No se deslizará al conflicto de poderes en caso de vivir la frustración de no poder llevar adelante sus propuestas de liberalización económica?

Esas son las mayores interrogantes, pero hay que reconocer que hoy la institucionalidad brasileña tiene la probada fortaleza que le ha permitido sortear todas las peripecias de los últimos años. Es imposible avalar la prédica electoral de Bolsonaro, pero como uruguayos no solo debemos respetar la opción del pueblo brasileño sino entender lo que significa su voto de repudio a un PT que corrompió al Estado como nadie antes y que llevó al país a una inseguridad rampante. Quien primero deberá asumirlo es nuestro gobierno, que no tenía problemas en abrazarse a la corrupción del PT, pero al que parece costarle reconocer la opinión de un pueblo que votó libremente. Y que lo hizo por motivos bien claros.

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