Julio María Sanguinetti
Julio María Sanguinetti

Argentina y nosotros

Los uruguayos miramos la televisión argentina, nos encanta ir a Buenos Aires, nos regodea el elogio que normalmente le hacen los porteños a la supuesta amabilidad uruguaya… pero en cuanto algún tercero nos confunde con los argentinos, saltamos para aclarar que somos otra cosa.

El hecho es que, como dijera Borges, tenemos el “sabor de lo que es igual y un poco distinto”.

Para los de afuera, somos muy parecidos. Entre nosotros, somos sociedades con sus distancias. Nosotros, con mayor institucionalidad, ellos con debilidades históricas en su Estado de Derecho. Pero la sociedad argentina, con mucho más brío e iniciativa que la nuestra, siempre más prudente y normalmente esperando de un modo u otro la garantía del Estado.

Donde es rotunda la diferencia es en el terreno político. Y bueno es recordarlo ahora que en Argentina ha habido otro terremoto político y no faltan quienes trazan paralelismos totalmente artificiosos.

Desde 1811, en que nos adherimos a la Revolución de Mayo, nuestras historias fueron diferentes. En 1813, el pueblo oriental ya había triunfado militarmente en la Batalla de las Piedras, participado en el sitio a Montevideo y se había ido al Éxodo, en rebeldía ante el armisticio acordado entre Buenos Aires y el gobierno español, sin consulta a quien ya era nuestro Jefe. En aquel 1813 se definieron los conceptos básicos de independencia absoluta de España, la idea confederativa para organizar las provincias y la forma republicana de gobierno, asentada en una clara división de los poderes. En Argentina se precisarán varios años más para que se declarara la independencia, muchos más aún para que se reconociera la concepción republicana y casi medio siglo para que se pudiera hablar de un Estado vertebrado. En ese período todo fue diferencias con los orientales y, finalmente, en 1828, se reconoció nuestra independencia cuando el gobierno en Buenos Aires, exhausto por el sostén de la guerra, y el Imperio de Brasil, sintiendo el riesgo de la revuelta que le organizaba Fructuoso Rivera en el sur, entendieron que no había otro modo de hacer la paz que reconocer que esta provincia díscola tenía que ser república independiente.

Todo parece muy lejano, pero su sombra se proyecta hasta nuestros días. En el siglo XIX habremos tenido revoluciones y gobiernos militares, pero siempre con la Constitución como programa. En el siglo XX, un vigoroso impulso reformista liderado por José Batlle y Ordóñez nos alejará aún más de la política argentina. Se construyó así un Estado socialdemocrático (en semántica europea) o liberal progresista (en concepto norteamericano), del que estuvo muy lejos la Argentina. Por eso, cuando en 1946 aparezca con fuerza la reivindicación social, será el peronismo el que instaure el Estado social. Fue un movimiento muy tardío, que desgraciadamente tendrá un sentimiento de revancha que no hubo en el reformismo batllista.

Desde entonces, el peronismo será el protagonista principal de la vida argentina, disputando sañudamente el poder con la fuerza militar y, en el terreno electoral, rezagando a radicales y liberales, a los que siempre se les hará muy difícil gobernar. Sin ir más lejos, hoy las opciones principales de la elección incluyen al peronismo, en las tres vertientes principales, un vice moderado para Macri, una fórmula renovadora con Lavagna y una ortodoxia kirchnerista con Fernández-Fernández…

El peronismo hizo imposible el crecimiento de una izquierda marxista, a la que el propio General persiguió implacablemente. Pero instaló en nuestra América Latina la semilla populista que nunca llegó a comprender que, como dijo Esteban Echeverría (ilustre exiliado en Montevideo cuando la tiranía rosista), “la democracia no es el despotismo absoluto de las mayorías; es el régimen de la razón”.

Esta vista a vuelo de pájaro nos muestra hasta qué punto la política rioplatense tiene dos versiones totalmente diferentes en ambas riberas del Plata. Si miramos a lo económico, en cambio, la influencia argentina es enorme: primer inversor, primerísimo cliente turístico, generador de microclimas de euforia o espanto que se filtran en la sociedad uruguaya por todos los medios de comunicación. En esa dimensión, lo que ocurre en Argentina es determinante. Pensemos sencillamente en la crisis de 2002, que nos vino de allí, con una quiebra de bancos que, de no haber mediado, podría llevarnos a un momento difícil pero no al desastre que nos invadió.

También hay que decir claramente que la política económica del gobierno de Macri nada tiene que ver con las propuestas uruguayas. Para empezar, porque la base de su impopularidad estuvo en un aumento desmesurado de tarifas que estaban absolutamente rezagadas cuando aquí el desafío es ver cómo las bajamos.

Aún falta un tiempo pa-ra la elección argentina, que será el mismo día que aquí. Es evidente que para el oficialismo será difícil revertir este resultado. De ocurrir lo que hoy parece ineluctable, confiemos en que no caigamos de nuevo en el incumplimiento sistemático de los acuerdos del Mercosur, la agresión a nuestros puertos y la indiferencia ante los intereses comunes. Confiemos…

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