Julio María Sanguinetti
Julio María Sanguinetti

La alternativa

Que el Frente Amplio sangra por las heridas de una división que hasta le impide cuestionar la dictadura en Venezuela; también por sus pésimos resultados en la educación; por una situación de inseguridad pública desconocida y hasta por la total lejanía de una inserción al mundo global de nuestro tiempo, parecen conclusiones evidentes.

Todo hace pensar, entonces, que una coalición de fuerzas dispares que van desde el centrismo astorista hasta el radicalismo de Constanza Moreira, hoy no está en condiciones de ganar. Hay un runrún de decepción en quienes soñaron con el paraíso prometido.

Creemos, sin embargo, que no basta con esa oportunidad. Que es imprescindible construir una real alternativa de gobierno, ofreciéndole al país la garantía de una futura coalición que en esos temas fundamentales ya esté definida. Por supuesto, los perfiles de cada partido opositor allí están y seguirán estando. Pero si ninguno hoy, con realismo, puede presumir de obtener la mitad más uno de los votos, hay que pensar que el cambio de gobierno solo puede alcanzarse por una suma de los partidos de oposición.

¿Dejaremos de ser colorados y batllistas porque pactemos con el Partido Nacional y los demás partidos opositores las bases de una reforma educativa? Si hay diferencias en el enfoque de las políticas de seguridad pública, ¿no es deseable desde ya aproximar soluciones?

Por estas poderosas razones, y a título personal, visitamos en el Senado, en la tardecita de hace tres lunes, a los Dres. Luis Lacalle Pou y Jorge Larrañaga, quienes amablemente accedieron espontáneamente a conversar sobre el tema.

Hay quienes han cuestionado, con machacona insistencia, que no "invitáramos" a otros partidos, cuando se trataba simplemente de una reunión so- licitada personalmente. ¿Qué representatividad hubiéramos invocado para intentar una reunión multipartidaria, cuando no llevábamos mandato de nuestro Partido ni de ninguna otra organización? Es evidente que esto sí hubiera sido cuestionable.

En un terreno aún más barroso, hay quienes cuestionan desde ya a una presunta intención de armar una excluyente coalición blanquicolorada, pese a que una y otra vez hemos hablado simplemente de construir una "alternativa opositora". A la inversa, ¿alguien imagina una coalición sin el Partido Nacional, que es la bancada parlamentaria mayor de la oposición? Siendo así, ¿no es el mejor lugar para simplemente sembrar la semilla de un necesario debate público?

Cuando los medios han divulgado ampliamente la reunión, entendiendo su cabal significado; cuando el tema de poner en discusión la idea, ha tenido amplia resonancia, resulta entristecedora esta incomprensión, este enojo, de quienes —a la inversa— debieran moverse para procurar esos caminos de entendimiento, si es que realmente creen en ellos.

En este Uruguay de hoy, con su sociedad en decadencia, con niños que salen de las escuelas sin comprensión lectora, con cifras de homicidios nunca vistas, salimos adelante con grandeza o seguiremos en un tobogán sin final a la vista.

Hay días en que ya ni nos reconocemos. La ma-rihuana campeando en los liceos. Bandas de narcotraficantes matándose entre ellos o baleando a la Policía, aun en pequeñas ciudades del interior. El "escrache" impío a un simpáti- co actor, desbordante de bonhomía, porque osó firmar la reforma constitucional propuesta con medi- das sobre la seguridad ciudadana. La declaración de "persona non grata" a un director del Codicen, electo por los profesores, porque —como era su deber, no solo su derecho— pidió que se investigaran las circunstancias de un sospechoso simulacro de secuestro de estudiantes. El lenguaje soez o la descalificación vulgar y resentida en el debate público. Los directores de escuelas o liceos agredidos. El temor, especialmente de las mujeres, a transitar por la vía pública, aun en automóvil. La Policía apedreada tanto en barrios riesgosos como en el Parque Rodó, a la salida de un baile. En suma, la vida ciudadana, los hábitos de convivencia que caracterizaron al país y que —aun precariamente— se mantienen entre las principales jerarquías nacionales, se han ido desvaneciendo.

Más que nunca, nuestra sociedad está necesitando un renacimiento cultural, que debe comenzar —como fue siempre— en los ámbitos familiares, en los lugares de trabajo y particularmente en los centros de educación. Hay que exaltar los gestos de valor tanto como exhibir y condenar los de intolerancia.

El Frente Amplio nos deslizó en la bajada. Intentó igualar, pero solo lo logró desmejorando en todos los niveles. Por fortuna, mantienen el pulso productivo del país aquellos a quienes vituperó, como las multinacionales que son las mayores propietarias de tierras, las empresas logísticas de la zonas francas, los puertos "privatizados" o el turismo de categoría, otrora despreciado por su "elitismo". Hay también, por suerte, chispazos alentadores, co-mo los jóvenes liceales de Tala o de Las Toscas de Caraguatá, que ganan premios internacionales en innovación tecnológica. Más allá de esas lucecitas, sin embargo, la política ha de estar a la vanguardia. Por su responsabilidad y su ejemplo. Diferencias y debates habrá siempre. Pero quienes proclamamos la necesidad de un cambio somos los primeros que debemos demostrar que, aun en el vigor del debate nacional, somos capaces de poner la mirada en alto.

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