Julia Rodríguez Larreta
Julia Rodríguez Larreta

Macri y la confianza

El ajustado triunfo de Macri despertó optimismo. Inclusive, entre quienes no simpatizaban del todo con ideas desarrollistas en lo económico y liberales en lo político. Eso parece haberse esfumado, por lo menos en parte.

La Argentina es ciclotímica y podría ser que con un poco de suerte, sol y liderazgo, pueda volver a encenderse la llama de la esperanza. Es todavía posible, pero no simple. La realidad está golpeando a un pueblo que fue más rico; con pocas ganas de sufrir las consecuencias de una catástrofe y tener que pagar la fiesta por lo que se robó, malgastó o no se hizo. Además le tomaron el gusto a los subsidios de las tarifas y a las mentiras.

Cuando ganó Macri en segunda vuelta, lo hizo por escaso margen. Quienes lo votaron estaban preocupados por la calaña de quienes llevaban las riendas del país. Por la corrupción, a niveles jamás vistos antes, la falta de justicia y la preocupación de que el modelo cleptocrático y populista podía terminar en algo como Venezuela. Hoy, parte de esa preocupación parece haberse olvidado. Se percibe un clima de desazón y una caída de confianza que está minando al gobierno y podría impulsar a los peronistas a unirse. Parece que huelen sangre.

Desde el comienzo de su gestión Macri ha estado condicionado por minorías en ambas cámaras del congreso y por factores culturales. El pueblo, en su mayoría sigue siendo peronista (casi un 60% de los legisladores). El Presidente y su coalición ganaron por una cabeza. A diario las circunstancias, sus opositores y sus enemigos, se lo recuerdan.

Por lo tanto, desde el comienzo de su mandato, su margen de maniobra ha sido limitado. Solo le permitía una política gradualista. La noción de hacer un serio ajuste de entrada, echando a la calle buena parte de los empleados públicos, y/o bajar sueldos, acompañado esto con una devaluación masiva y una eliminación de muchos subsidios, hubiera, en teoría, eliminado el monstruoso déficit fiscal, pero habría resultado en un país en llamas y Macri probablemente colgado de un farol.

Por lo tanto y necesariamente su plan fue ir hacer reformas de a poco, bajando los subsidios, reformando el estado, creando fuentes de trabajo genuinas, atrayendo inversión externa, impulsando obra pública, y la inversión privada doméstica. Era esencial subir la producción de petróleo y gas, mejorar la generación y distribución de energía eléctrica para relanzar al país. Nadie iba a invertir en una nación sin capacidad energética. Además, si no, vendrían los cortes de luz. Al campo, exprimido como un limón y sumido en una seria crisis, había que reducirle las detracciones, etc. Necesitaba plata. El crédito interno estaba agotado. En el exterior la Argentina era un paria. Llevaba años en un desafiante "default", aplaudido por los legisladores en el Congreso Nacional, en su momento. Su gobierno prontamente renegoció la deuda impaga con quitas y comenzó a tener acceso al financiamiento externo. Con ello y el blanqueo que ayudó a recaudar y la emisión monetaria, le dio oxígeno al sector público.

A pesar de muchos deberes bien hechos, la llegada de la inversión extranjera no fue la esperada, por lo menos hasta ahora. No es de extrañar. ¿Quién va a invertir en un país que tiene una inflación de más del 20%, piquetes, manifestaciones y disturbios laborales a la vista todos los días del año y un recuerdo de extorsiones de funcionarios y/o sindicalistas, además de una tradición de medidas arbitrarias y cambiantes y una altísima presión tributaria. Sí, muchas cosas han cambiado, pero también el recuerdo del atropello de gente como Moreno no se olvida fácilmente.

Pues bien, no llegaron muchas inversiones extranjeras que digamos, pero sí se ha relanzado la obra pública en buenos proyectos y como mencionó un conocido del medio, se trabaja en serio y no se roba como antes. La economía ha empezado a crecer, pero la esperada gran cosecha se ha frustrado con la reciente sequía. Una mala suerte.

El gobierno sigue con su plan gradualista de ir reduciendo subsidios, otorgando tarifas sociales a los más necesitados. Pero muchos se han cansado del sacrificio, real para algunos, razonable para otros. La expresidenta ha propuesto congelar el pago de las tarifas. Lilita Carrió, que de economía no entiende pero de política sabe mucho, no quiere que siga el ajuste. El mercado se asusta y salen los dólares. Mientras el acceso al crédito externo siga abierto, el gobierno podrá financiar su déficit fiscal y tratar de imponer el plan gradualista, aguantando hasta las próximas elecciones, pero no será fácil. El Tesoro de los EE.UU. y la Reserva Federal están empeñados en subir gradualmente la tasa de interés, ergo, ir reduciendo la liquidez. En los próximos 12 meses la Argentina necesitará netos unos US$ 40.000.000.000. Si las cosas andan bien es un monto quizás alcanzable. Pero, para el año que viene, los inversores en deuda externa para países marginales querrán ver en la Argentina una reducción neta en las necesidades de financiación, una mayor recaudación fiscal, una baja de la inflación y buenas perspectivas políticas. Si el peronismo se une para desestabilizar a Macri, echando al suelo su plan económico, los capitalistas bajarían rápidamente la cortina.

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