Julia Rodríguez Larreta
Julia Rodríguez Larreta

Corrupción sin límite

Hasta resulta divertido. Aunque la verdad es que se trata de una tragedia. En estos días, sentarse a ver la televisión argentina es casi como encender una serie policial de Netflix o de HBO, de esas con un capítulo tras otro, que no terminan nunca, donde pasa de todo. Y si se trata de uno de esos programas de buenos periodistas que abundan en la Argentina, resultan tan atrapantes como las mentadas seriales.

Hasta resulta divertido. Aunque la verdad es que se trata de una tragedia. En estos días, sentarse a ver la televisión argentina es casi como encender una serie policial de Netflix o de HBO, de esas con un capítulo tras otro, que no terminan nunca, donde pasa de todo. Y si se trata de uno de esos programas de buenos periodistas que abundan en la Argentina, resultan tan atrapantes como las mentadas seriales.

Las historias que van apareciendo parecen salidas de la mente de un muy imaginativo creador. Figuran altos funcionarios, conventos, monjas, bóvedas con cámaras centralizadas en la celda de una anciana superiora, bolsones de dinero revoleados por encima de las rejas, una rubia de largas pestañas y labios inflados, conocida por sus fotos estilo porno, que resulta ser la abogada penalista (no se ha visto en ninguna serie aún semejante fantasía) de uno de los acusados. Millones que pasan por máquinas cuenta billetes, prófugos que pagan 50 mil dólares para borrarse las huellas dactilares, latifundios inconmensurables comprados con el dinero robado, grandes hoteles fantasma. Una pérdida de US$ 3.000 millones gracias a los negocios de Kicillof y De Vido en las compras de combustible, gracias a que la política impuesta hizo caer en picada la producción local.

Pero no se trata de una obra de ficción, sino de la pura y dura realidad. Una realidad que confirma lo que ya más o menos se sabía y denunciaba, pero tuvieron que pasar años, 24 si se empieza a contar desde que comenzó el accionar de los Kirchner en la sureña Santa Cruz, cuando se fue armando esa asociación para delinquir que llegó a la Casa Rosada. Con un claro proyecto de poder y el propósito de enriquecerse insaciablemente, los jefes y sus adláteres. Los cuales son tantos que la justicia no va a dar abasto para juzgarlos a todos.

Para empezar, todavía están pendientes 200 vacantes de jueces y en Tribunales hace falta una renovación urgente, a excepción del juez Claudio Bonadío y tal vez alguno más. Es muy desalentador que los mismos magistrados que durante años se hicieron los distraídos y cajonearon cuanta demanda se presentó sobre los integrantes del gobierno, (Oyarbide era el más llamativo pero no el único), tengan en sus manos, el resolver los casos hoy más relevantes. Personas acostumbrados a cumplir las órdenes que a partir de 1983 les hacía llegar el Ejecutivo, ya sea por cobardía, servilismo o corrupción. Y ahora que esa manera de gobernar no se usa, se encuentran ante la contundencia de los hechos, a la intemperie.

Al mismo tiempo el vulgo se hace preguntas tan elementales como ¿Quien mató al fiscal Nisman? ¿Por qué no se terminan de estudiar los celulares del ex secretario de Obras Públicas, José López, (el hombre del misterioso convento) o porqué no se metió preso al hijo del contratista amigo de los Kirchner, Lázaro Báez, uno de los que contaba billetes en la “cueva” la Rosadita? cuestionamientos tan pertinentes como hasta quienes y cuan alto, llegará por fin el largo brazo de la justicia. O las dudas sobre si al final se quedarán a medio camino.

Pero lo que sí es evidente es que actualmente la sociedad, al menos la gran mayoría, parece haber despertado de la anomia en que se encontraba. Es amplio el reclamo por mayor ética y transparencia, más compromiso, castigo a los culpables y que se devuelva lo robado, que son cifras siderales. Con las noticias sobre Baéz y su constructora, puede pensarse equivocadamente que el robo ha girado solo alrededor de los sobreprecios y las licitaciones de las construcciones, pero las áreas del delito son mucho más amplias. Desde los millones de pérdidas para el estado por la venta de dólares futuro, ($77.000 millones) los dineros alrededor del invento del fútbol para todos, las empresas prácticamente confiscadas para que se quedaran con ellas los amigos de los K, como sucedió con el 51% de Repsol YPF o las defraudaciones de otro amigo, Cristóbal López, el rey del juego ($ 8.000 millones), con la aquiescencia de la AFIP dirigida por Etchegaray, o el vaciamiento del PAMI. La obra social de los jubilados, que pagaba $ 500 millones anuales en remedios para fallecidos, los $ 25. 000 millones destinados a dos clínicas que no existían. O los sobreprecios del 450% del Centro Cultural Kirchner. El avance del proyecto de Ley del Arrepentido, que no regía para corrupción, como sí para el narcotráfico y el lavado, será un instrumento importante, lo mismo que la ley de Extensión de Dominio. Es bochornosa e interminable la podredumbre de un sistema en el que entraron también muchos empresarios, unos obligados por las circunstancias, otros por falta de escrúpulos. Y encima el negro capítulo de la droga, de la efedrina; Argentina pasó de comerciar 200 kilos, a 45.000 kilos, los asesinatos y la aparición del cartel mexicano de Sinaloa.


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