Julia Rodríguez Larreta
Julia Rodríguez Larreta

Calidad de vida

CORRÉEE...son chorros!!!, grita el marido desesperado, mientras es asaltado. La calidad de vida que gozaba el Uruguay se ha desvanecido.

Era envidiable. Debía ser algo que el gobierno, independientemente de su signo, debía haber cuidado como un bien muy preciado, como una marca de calidad, como el “Uruguay Natural” que inventó Lacalle Herrera o la “Suiza de América”, de otra época. Una vez que se pierde es muy difícil recuperarla. Pues la hemos perdido y con creces. Tenemos dos veces más asesinatos que en la Argentina cada 100.000 habitantes. Vale la pena recordar y refregar esta cifra para que penetre en los sorprendidos o en los que pretenden serlo, para que reaccionen de una vez por todas. Pero la política de evitar a toda costa la represión y no castigar a los delincuentes ha calado muy hondo en los resortes de la Justicia y el Ejecutivo, producto de la ideología, la incompetencia y el desinterés de quienes nos gobiernan, hace ya más de 14 años seguidos. ¡Basta!

Pensemos en todo el tiempo que pierde un ciudadano uruguayo, una ama de casa, un empleado, un profesional, o un empresario, por más chico que sea, buscando como preservar la integridad física de su familia, la protección de sus hijos o nietos aún cuando estén dentro de la casa. ¿Quién toca el timbre? ¿Lo dejo pasar? Y de noche ¿Qué son esos ruidos? ¿Porqué ladra el perro del vecino? Con frecuencia nos preguntamos a lo largo del día, ¿hemos cerrado bien la puerta, la del fondo? ¿Está activada la alarma? ¿Aguantará la nueva reja recién instalada? ¿Dónde están las llaves? ¿Dejé el auto trancado? Si no tomas esa precaución te rompen el vidrio y será peor porque además del paquete, mochila o cualquier cosa que robaron, habrá que llevar el auto a arreglar. El cual además se habrá empapado con el agua de lluvia que le entró por la ventana rota. Cada golpe de los ladrones nos atrasa en obtener el bienestar que tratamos de lograr con nuestro trabajo y ahorros. Estamos en el cine o en cualquier otro lado y nos llaman porque “está sonando la alarma”. Cunde la angustia. Provoca mala sangre y nos obliga a perder tiempo en llamadas y trámites. Nos mete en gastos. -Se llevaron el nuevo aparato de TV, algo de dinero, las joyas, unas camperas, dos maletas, los championes. Rompieron las cerraduras y el ventanal. Este año fue peor.

Esto último merece un párrafo aparte. Al margen de haber tenido que cancelar tarjetas; cerrar cuentas bancarias; contactar al escribano por el título de propiedad robado y al cerrajero (carísimo) para arreglar las puertas, un año después puede aparecer una sorpresa desagradable. Por ejemplo, una demanda de cobranza por importantes compras en EE.UU. (Los delincuentes usaron el pasaporte y extractos bancarios para abrir distintas cuentas y comprar bienes). La agencia de cobranzas llega a amenazar con embargos y acciones judiciales si no se cumple con el pago. El malhumor y la desorientación que sobreviene es mortificante. Hay que recorrer un nuevo espinel, consultar un abogado, enviar pruebas, etc.

Los turistas y veraneantes son un blanco favorito. Inclusive apenas pisan nuestro país. Los siguen desde el puerto una vez que desembarcan, les tajean la cubierta en algún semáforo de la rambla y cuando tienen que detenerse, los roban. De buenas o malas maneras, dependiendo de si la víctima se da cuenta de que mientras uno de los chorros hace el papel de alguien solidario por el percance, su compañero los desvalija arteramente o con violencia, si alguno de los perjudicados se percata y reacciona con la ilusión de preservar lo suyo.

En la crónica policial, si es que agarran a un delincuente se lee, “fue detenido uno de los asaltantes, posee un frondoso prontuario, (dos homicidios, varios arrestos por rapiña, asalto a mano armada, graves lesiones a sus víctimas, estaba gozando de salida autorizada...) ¡Cómo es posible que a criminales no rehabilitados, se les permita andar por la calle para que sigan atacando a la gente !

Por otro lado, los policías que actúan en defensa de la propiedad ajena o de sus vidas, a veces no son apoyados ni por sus autoridades ni por la justicia. Da la impresión de que a estos les preocupa más la posibilidad del gatillo fácil y su castigo, que el respaldo a las víctimas o a los agentes de la fuerza. De ahí que se haya ido instalando (con excepciones) una actitud de prescindencia, absolutamente reñida con su función, que aumenta la falta de confianza de las personas hacia la institución, así como su generalizada indefensión.

Tener presos a los delincuentes es caro, sin duda y máxime cuando no hay suficientes resultados en la recuperación social de los presidiarios, pero mayor es el costo que paga la sociedad a todo nivel, desde lo personal a lo productivo. Estas situaciones llevan a preguntarse si comprar un arma para protegerse. Pero si la usamos mal, matamos o herimos al criminal, quien defiende lo suyo o su persona, rápidamente se convierte en sospechoso y lo pasará muy mal, mientras corre el peligro de que los familiares del delincuente se venguen o le inicien un juicio. El fracaso del Frente Amplio en seguridad ciudadana, después de casi 15 años de gobierno, está a la vista. ¡Rompe los ojos!

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