Juan Oribe Stemmer
Juan Oribe Stemmer

Rumbo de colisión

Una semana puede ser mucho tiempo en política, afirmó el primer ministro británico Harold Wilson, en 1967. La veracidad de esa afirmación ha quedado confirmada por los acontecimientos en Venezuela, en los últimos días. La decisión de la Asamblea Nacional, de elegir a Juan Guaidó como su presidente (5 de enero) precipitó una crisis cuyos alcances todavía son difíciles de precisar. El 11 de enero, Guaidó anunció que convocaría a nuevas elecciones nacionales y el 23 de enero asumió como Presidente Encargado de la República Bolivariana de Venezuela.

Tenemos, entonces, dos Presidentes de Venezuela.

La difícil ecuación tiene tres elementos principales.

Primero: el presidente Maduro, que asumió hace pocos días luego de elecciones fraudulentas que no han sido reconocidas por buena parte de la comunidad internacional. Maduro ejerce el poder material. La fotografía de la resplandeciente plana mayor de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, presidida por el ministro de Defensa, general Vladimir Padrino, publicada en El País del viernes, es la mejor descripción de la realidad política en aquel país. La supervivencia en el poder de Maduro y sus cleptócratas depende del consentimiento de las fuerzas armadas. Y, si se trata de recordar frases famosas, vale la pena mencionar otra: es posible construirse un trono con bayonetas, pero es imposible sentarse en el.

Segundo: la Asamblea Nacional que es el único poder del Estado venezolano que mantiene su legalidad constitucional y su legitimidad política, pero que carece de poder material para imponer sus decisiones. Por más constitucionales que sean.

La base del poder de Guaidó y la oposición democrática venezolana se encuentra en la población, incluso de quienes viven en los barrios más pobres. Los presos políticos y los muertos en enfrentamientos con las fuerzas del Estado, y los millones de emigrados, son un testimonio de la desesperación de los venezolanos.

Tercero: el apoyo internacional a Guaidó.

Quizás uno de los resultados positivos de los acontecimientos de estos días es que han terminado de separar a los bandos: los que objetivamente están a favor del régimen, y los que consideran que es necesario conseguir el retorno de la democracia a Venezuela. La lista de gobiernos que han declarado su respaldo a Guaidó (y a la Asamblea Nacional) incluye, por ejemplo, a tres de nuestros socios en el Mercosur.

Los países latinoamericanos no ha sido capaces de cristalizar un dialogo constructivo con Maduro (que se burla de ellos y los desafía), ni han encontrado una salida a la situación. El fracaso de la OEA condujo a la creación del Grupo de Lima cuyo peso político se ha visto menguado por la nueva política exterior de México. El vacío creado por la debilidad de los latinoamericanos está siendo llenado por los Estados Unidos y potencias de fuera de la región (Rusia, China e Irán).

El principio de no intervención debe ser defendido, especialmente por los países más pequeños. Lo ideal sería que los venezolanos resolvieran la situación sin intervención extranjera. Pero, no es justo poner en el mismo nivel a un gobierno que viola los derechos humanos y a las víctimas de su opresión.

No es aceptable que un país invoque el principio de no intervención como un escudo para evitar la censura internacional por las violaciones de los derechos humanos.

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