Juan Oribe Stemmer
Juan Oribe Stemmer

Revuelo indígena

La semana pasada, El País informó que un grupo de ocho uruguayos representará a la nación charrúa en los primeros juegos mundiales de pueblos indígenas que se realizarán en Brasil. Los compatriotas pertenecen a la asociación Grupo Choñik y participarán en las categorías de lanzamiento de lanzas, arco y flecha, y boleadoras.

La semana pasada, El País informó que un grupo de ocho uruguayos representará a la nación charrúa en los primeros juegos mundiales de pueblos indígenas que se realizarán en Brasil. Los compatriotas pertenecen a la asociación Grupo Choñik y participarán en las categorías de lanzamiento de lanzas, arco y flecha, y boleadoras.

La noticia reavivó las discusiones sobre el pasado indígena de nuestra sociedad, las cuales pueden alcanzar temperaturas considerables.

Daniel Vidart afirmó que la participación en el evento era “denigrar la memoria de unos bravos guerreros. Los Choñik en realidad eran tehuelches, que en su idioma significa hombres verdaderos y estos se ponen ese nombre como si equivaliera a charrúa, de una manera grotesca”. Para ese autor, quienes participan en los juegos indígenas no son charrúas. Aunque en este respecto corresponde recordar que la técnica y jefa de la delegación compatriota dijo que la misma está compuesta por “descendientes de charrúas porque en Uruguay no hay etnias puras”.

Vidart es un crítico severo del olvido que envolvió por mucho tiempo el destino de los charrúas que habitaron nuestro territorio. En su libro Uruguayos, publicado en 2012, recuerda que “los sobrevivientes de la hecatombe de Salsipuedes y lugares adyacentes son hechos prisioneros, vendidos, escarnecidos y dispersados como miserable carnaza humana”. Sin embargo, continúa, lo que “en puridad los hace desaparecer del escenario físico y social de la República recién nacida es el ninguneo impuesto por la mala conciencia de quienes fueron sus verdugos y el acomodaticio silencio de aquello otros que, al fin cómplices pasivos e incitadores activos de la masacre, no levantaron su voz para condenarla”.

Sin embargo, advierte Vidart, “es imprescindible evitar exageraciones”.

En su opinión “algunos muchachos entusiastas se sientan en círculo, se dan las manos, encienden fogatas y evocan olvidadas ceremonias mediante rituales brotados de una inventiva que en vez de celebrar caricaturiza y degrada la memoria de aquellos aguerridos indígenas. De tal modo, a pura imaginación, procuran rescatar la ‘música charrúa’ inventando instrumentos, fraguando ritmos y melodías, entonando ininteligibles cantatas”. En cuanto a los esfuerzos para recuperar el idioma charrúa, parecería ser una tarea bastante difícil porque solamente se conserva, observó, “un cuadernito con unas 70 palabras sueltas en charrúa”.

La discusión sobre la historia de los grupos étnicos que habitaron nuestro país no es solamente un tema cultural, sino que también tiene una faceta política.

La investigación sobre nuestra historia progresa y se interna cada vez más en el pasado. Se publican artículos y libros con sólido respaldo científico que arrojan cada vez más luz sobre los pueblos indígenas que habitaron esta comarca (algunos de ellos desaparecidos en una etapa temprana de la presencia europea), sus migraciones, las relaciones que existían entre ellos y con los nuevos inmigrantes, y la melancólica historia de su ocaso.

Existe, entonces, una sólida base para llevar adelante una saludable y bien informada discusión sobre este tema apasionante.

Pero, para que ese intercambio de ideas sea fructífero se necesita menos imaginación y más estudio.

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