Juan Oribe Stemmer
Juan Oribe Stemmer

Reflejos lentos

Las sucesivas olas de influenza y de otras enfermedades (un ejemplo es el Ébola que continua activo en África) nos advierten que siempre existe riesgo de una pandemia.

En los tiempos recientes se sucedieron la gripe de 1918 causada por el virus H1N1 (50 millones de muertos), el virus H2N2 en los años 1957-1958 que cosechó 1,1 millones de muertos; la pandemia del virus H3N2 en 1968; y la provocada por un nuevo virus de gripe A (H1N1) en 2009-2010.

Sin embargo, la difusión del COVID-19 nos tomó de sorpresa y mal preparados.

La combinación de la falta de información, la facilidad de las comunicaciones aéreas, la ausencia de controles sanitarios estrictos en los puntos de entrada y las características del virus contribuyeron a su rápida propagación global.

Los informes de Naciones Unidas (con sus limitaciones) muestran la lentitud de la reacción de la comunidad internacional ante el desafío. Veamos…

China notificó que se habían producido “casos de neumonía en la ciudad de Wuhan” por una causa desconocida, el 31 de diciembre.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó su primer parte sobre el brote epidémico el 5 de enero. Claramente no se conocía realmente la magnitud del problema porque el 10 de enero indicó que, de acuerdo a los datos científicos disponibles, no había “transmisión entre seres humanos o esta es limitada”.

El primer caso de COVID-19 fuera de China fue confirmado el 13 de enero.

Sin embargo, el Comité de Emergencia de la OMS sobre el nuevo coronavirus recién se reunió el 30 de enero y recomendó al Secretario General de la organización que declarase “una emergencia de salud pública de preocupación internacional”. Para ese momento eran 9.826 los casos confirmados, principalmente en China.

Cinco semanas después, el 11 de marzo, el secretario de la OMS advirtió acerca de la preocupante difusión y severidad del virus y de “los alarmantes niveles de inacción” de los países. Como resultado, la OMS declaró que el COVID-19 era una pandemia. Ese día, la organización informó de 118.319 casos confirmados en todo el mundo (4.292 muertos), de los cuales 80.955 en China y 37.364 en otros países.

Hoy, al escribir estas líneas, tenemos 2.471.136 casos y 169.006 muertos confirmados.

El COVID-19 se difundió con rapidez y por diferentes vías. Estudios en España sugieren que habría comenzado a circular en ese país a mediados de febrero (es decir, antes de la declaración de pandemia), y que habría entrado por quince vías diferentes. En nuestro país, los estudios realizados por científicos de la UDELAR y el Instituto Pasteur indican que las primeras cepas del virus llegaron a fines de febrero-principios de marzo y que habían provenido de tres regiones distintas.

La cronología plantea más preguntas que respuestas.

Pero es razonable concluir que no fuimos previsores. Ahora deberemos pagar un precio muy alto por ello.

Los costos de prepararnos para un mal eventual siempre parecerán demasiado altos y los recursos disponibles para enfrentar ese mal, cuando se produce, nunca serán suficientes. Para algo se inventaron los seguros: se invierten recursos escasos (y se renuncia a gastarlos en otros fines) para amortiguar algo que, deseamos, jamás llegará. Pero que puede llegar.

No sucedió así con el COVID-19.

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