Juan Oribe Stemmer
Juan Oribe Stemmer

Eran otros tiempos

Las funciones básicas del Poder Legislativo son legislar y controlar al Poder Ejecutivo. Ambas requieren el acceso a información completa, adecuada y oportuna sobre los diferentes temas en la agenda política. Y aquí nos encontramos con que los legisladores muchas veces se hallan en una situación de inferioridad respecto del gobierno que dispone de información amplia y actualizada, y además cuenta con el apoyo de sus técnicos.

La búsqueda de información (tanto para legislar como para controlar) puede tomar muchas formas.

Los instrumentos formales de que dispone el legislador incluyen desde los pedidos de informes hasta la asistencia de los ministros a las respectivas comisiones parlamentarias; la convocatoria a sala de un ministro por parte de una de las Cámaras “para pedir y recibir los informes que estime convenientes, ya sea con fines legislativos, de inspección o fiscalización”; y las comisiones parlamentarias de investigación. Luego siguen el voto de

Las funciones básicas del Poder Legislativo son legislar y controlar al Poder Ejecutivo. Ambas requieren el acceso a información completa, adecuada y oportuna sobre los diferentes temas en la agenda política. Y aquí nos encontramos con que los legisladores muchas veces se hallan en una situación de inferioridad respecto del gobierno que dispone de información amplia y actualizada, y además cuenta con el apoyo de sus técnicos.

La búsqueda de información (tanto para legislar como para controlar) puede tomar muchas formas.

Los instrumentos formales de que dispone el legislador incluyen desde los pedidos de informes hasta la asistencia de los ministros a las respectivas comisiones parlamentarias; la convocatoria a sala de un ministro por parte de una de las Cámaras “para pedir y recibir los informes que estime convenientes, ya sea con fines legislativos, de inspección o fiscalización”; y las comisiones parlamentarias de investigación. Luego siguen el voto de censura de los actos de administración o de gobierno; y, finalmente, está la bomba atómica del sistema que es el juicio político “por violación de la Constitución u otros delitos graves”.

El constituyente, sabiamente, estableció requisitos cada vez más exigentes para esos instrumentos. Los pedidos de informes dependen de la iniciativa del legislador; la convocatoria a un Ministro de Estado requiere de una resolución de la Cámara aprobada por un tercio de votos del total de sus componentes; la censura de los actos de administración o de gobierno exige la mayoría de los presentes y un procedimiento más complejo. Esto se explica por las graves consecuencias que puede aparejar el voto de censura.

Esa panoplia de instrumentos existe dentro de un determinado escenario político y en seno de una sociedad. Mucho depende del equilibrio entre la oposición y el gobierno en cada Cámara. El partido de gobierno tiene una mayoría confortable y disciplinada.

¿Es razonable utilizar el mecanismo de la interpelación cuando se sabe de antemano que no se conseguirán las mayorías necesarias para la censura? ¿No sería mejor utilizar los otros instrumentos y definir otra estrategia?

La interpelación a la ministra de Educación y Cultura mostró la desventaja de recurrir a la interpelación en aquellas condiciones políticas. La secretaria de Estado y sus tecnócratas prácticamente no respondieron a las preguntas de la diputada interpelante. Simplemente se limitaron a leer, laboriosamente, los libretos que traían preparados. Dudamos que la ministra o los miembros de su equipo estén dotados del don de la presciencia. Por lo tanto, lo más probable es que, seguros en las mayorías de su partido en el gobierno, poco les importara las posibles preguntas y aprovecharon esas mayorías para aplastar a la solitaria interpelante con una densa andanada de informes.

Recordamos grandes interpelaciones, en época muy difíciles. Pero entonces, el impacto real de la interpelación no dependía de los votos en la Cámara sino del enorme carisma de quien las hacía y del eco que sus palabras encontraban fuera del Palacio Legislativo, en una sociedad atenta y preocupada por la política. Lo que importaba no era tanto ganar los votos en la Cámara sino llegar a los corazones y consciencias en toda la sociedad. Es a ellos a quienes hay que conquistar.

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