Juan Oribe Stemmer
Juan Oribe Stemmer

Mala memoria

La nota en la sección Qué Pasa, sobre la escasa atención que los gobiernos del Frente Amplio han dedicado a la cultura (El País, 8 de octubre), destaca uno de los problemas más serios en nuestro sociedad: la falta de una política cultural sistemática y eficaz.

La principal fuente de la nota fue un estudio del Licenciado Hernán Cabrera publicado en Cuadernos del CLAEH. El autor delimitó precisamente el objeto de su estudio: “los cambios que se presentan en la asignación y ejecución del Presupuesto Nacional… para el funcionamiento, la inversión y el pago de personal de las instituciones públicas que tienen tareas específicamente dedicadas a la cultara y que se encuentran en la órbita del Ministerio de Educación y Cultura (MEC), es decir, las unidades ejecutoras de la materia”.

La nota en El País despertó una discusión sobre el tema. Algunos señalaron que existen otros recursos públicos que se vierten a la cultura. El autor del artículo publicó precisiones en La Diaria. Algunos optimistas incluyeron el ANTEL Arena en el aporte del Estado a la cultura nacional… Esas puntualizaciones lo único que hicieron fue subrayar el caos conceptual y la falta de planificación que existe en esta área, tan importante para nuestra nación.

Pero ese es otro tema…

Lo que nos interesa ahora es la distribución del presupuesto para la cultura.

Según la nota en El País, los recursos asignados al Museo Histórico Nacional representaron el 0,96% de aquel presupuesto; los destinados al Archivo General de la Nación el 1,27%; a la Biblioteca Nacional el 4,26%, y a la Comisión del Patrimonio Histórico y Cultural de la Nación el 2,26%. En total, apenas el 6,8% de un presupuesto del por si acotado. En contraste, caso la Dirección General de Secretaría, la burocracia, se lleva el 22,9%.

Exactamente al revés de lo que debería ser porque esos cuatros institutos tienen un papel de gran trascendencia para nuestro país.

La esencia de una sociedad nacional no se encuentra tanto en sus elementos materiales (territorio, población, recursos naturales, ubicación geográfica, el idolatrado PBI) como en su cultura. Es inevitable retornar a la definición de Renán: una “nación es un alma, un principio espiritual” que tiene dos dimensiones: el pasado y el presente.

El primero, escribió Renán, es “la posesión en común de un rico legado en recuerdos”.

El segundo, es el “consentimiento actual, el deseo de vivir juntos, la voluntad de continuar haciendo valer la herencia que se ha recibido indivisa”.

Las dos dimensiones se encuentran estrechamente vinculadas entre sí.

Por ese motivo, “la nación, como el individuo, es la consecuencia de un largo pasado de esfuerzos, de sacrificios y de desvelos”.

La memoria de ese pasado compartido es un tesoro inmaterial que debe ser conservado por su valor intrínseco, por su importancia para la enseñanza y la investigación, como núcleo de una experiencia colectiva compartida por todos, por su importancia cultural, por su relevancia para industrias, como el turismo, la difusión cultural y los medios de comunicación, y, sobre todo por su función fundamental de servir de elemento unificador de la sociedad nacional.

La forma en que cada sociedad tutela tal acervo revela cual es el nivel cultural de sus componentes.

No lo estamos haciendo muy bien.

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