Juan Oribe Stemmer
Juan Oribe Stemmer

Sobre fuentesy cisternas

Durante las obras de excavación para la construcción del anexo del edificio sede del Poder Ejecutivo, fue hallada una estructura de piedra y ladrillo de unos nueve metros de largo por cuatro de ancho y cubierta por una gruesa bóveda.

Durante las obras de excavación para la construcción del anexo del edificio sede del Poder Ejecutivo, fue hallada una estructura de piedra y ladrillo de unos nueve metros de largo por cuatro de ancho y cubierta por una gruesa bóveda.

La maquinaria utilizada para la excavación causó importantes daños a la estructura pero no llegaron a demolerla totalmente. Debe aplaudirse la decisión de conservarla e incluirla en el proyecto del anexo, para que todos los montevideanos puedan apreciar este interesante fragmento de la historia colonial de su ciudad. Lo lamentable es que, quizás, si se hubiese completado un estudio arqueológico previo, la cisterna no habría sido dañada y se tendría una idea más exacta sobre si existían otros elementos dignos de ser conservados.

Los primeros pobladores de Montevideo tuvieron, entre sus muchas preocupaciones, dos necesidades fundamentales: agua dulce y leña para el fuego y poder cocinar. La nueva ciudad fue fundada sobre una estrecha península con muy pocas fuentes naturales de agua potable y, gradualmente, agotó las reservas de leña más próximas. Afortunadamente, existe bastante información sobre las fuentes y cisternas existentes durante el período colonial, incluyendo el tradicional Montevideo Antiguo de Isidoro de María, el estudio de Rafael Schiaffino, Las fuentes en Montevideo Colonial, y numerosos planos y mapas de la época.

La primera fuente de Montevideo se encontraba a la altura de las calles Piedras y Juncal. Esta última calle era llamada, inicialmente, “de la Fuente” (1730). Otros lugares para abastecerse del vital elemento eran la fuente “inmediata al desembarcadero de la Aguada”, la Fuente de la Cruz (ubicada aproximadamente en el actual cruce de 25 de Mayo con Florida), la de San José, la del Puerto y la fuente de Canarias. No debieron haber sido obras muy sólidas. En 1744 el Cabildo incluyó entre las obras urgentes que debían realizarse el reparar “la fuente de donde se provee de agua a la ciudad” que estaba “caída y maltratada”. Tres años después (no hay nada nuevo bajo el sol montevideano), se dejaba constancia de que se había acordado reparar las dos fuentes de la ciudad “por estar cayéndose”.

La gran sequía durante el verano 1763-1764 llevó a las autoridades a construir dos nuevas fuentes. Una situada al norte, cerca del portón de San Pedro (calle 25 de Mayo y Bartolomé Mitre) considerada como “el Alma de la Plaza”, y la otra al sur.

En enero de 1764 el ingeniero Francisco Rodríguez Cardoso informó al gobernador que se había puesto a “continuar a la parte del Sur bajo el glacis de la Ciudadela, y con los mismos doce presidiarios (que trabajaban como obreros y habían construido la fuente del norte), el manantial que según la instrucción se debe meter dentro de la Plaza, esta agua me ha de servir de pronto para dar abasto a sobre un mil y quinientos hombres que están alojados en la Ciudadela incluso los presidiarios destinando seis de estos y con sus barriles bajen al foso y por lo surtida (puerta) de la contraescarpa entren el agua que quieran a todas horas”.

Décadas después esa fuente, que Alvear describe en 1784 como “corto manantial”, fue cubierta con una bóveda a prueba de bombas, “a fin de conservarla en caso de asedio”.

¿Será ésta la fuente encontrada recientemente?

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