Juan Oribe Stemmer
Juan Oribe Stemmer

Estaciones en la plaza

La instalación de las “estaciones de descanso” en la Circunvalación Durango que rodea la Plaza Zabala ha causado una considerable controversia. Con toda la razón.

Cuando leí la noticia, mi primera reacción fue visitar la escena del crimen para averiguar qué es una “estación de descanso”. Nada misterioso. En castellano común: son bancos combinados con unos maceteros metálicos cuadrados, con aristas filosas y esquinas agudas con las que es mejor no chocar.

El costo directo de la obra es la muy respetable suma de 14.912.082 pesos. Unos 442.438 dólares que salieron de los sufridos bolsillos de los contribuyentes montevideanos. Pero eso no es todo. Según informa Búsqueda, la Intendencia había recogido “opiniones, sugerencias e intercambios desde 2015, que fue cuando empezamos a poner en consideración esta intervención”. Ahora, sigue la nota, el expediente “tiene más de 100.000 folios con planos y detalles ejecutivos”.

Tanto dinero, materia gris, esfuerzo, árboles talados para fabricar papel y tiempo irremplazable invertido para producir unos maceteros y asientos metálicos que rodean una antigua plaza que ya tenía estatua, caminos, canteros, reja, bancos y plantas. Con el agregado que todos estos elementos formaban un conjunto que estaba armonía con el entorno del lugar.

Por algún motivo, y para su desdicha, la Plaza Zabala ha estado en la mira de la Intendencia por mucho tiempo.

Hace unos años se habló de instalar allí una “feria europea” (existe cerca una feria común). Ya nos imaginábamos a los vecinos del barrio comprando exquisiteces culinarias típicas de esos lugares para complementar sus prosaicas dietas. El proyecto causó gran alarma entre los vecinos y negocios de la zona, preocupados por su supervivencia, y finalmente escolló. Sin embargo, aunque los vecinos perdieron su feria europea ahora ganaron las “estaciones de descanso”. Esta iniciativa se agrega a otro invento tan genial como inútil, las bicisendas, para contribuir a mejorar aún más la circulación en la Ciudad Vieja.

Estos proyectos son un intento cosmético para rescatar la Ciudad Vieja. Mientras tanto no se enfrentan las causas profundas del problema que son sociales y económicas (quizás, la mayor contribución en este sentido haya sido el del Ministerio del Interior, al instalar las cámaras de seguridad). También ha quedado demostrada la Cuando leí la noticia, mi primera reacción fue visitar la escena del crimendebilidad de los mecanismos para proteger el patrimonio histórico y cultural de nuestro país. En cambio, los vecinos han dado el ejemplo al unirse contra el proyecto.

En realidad, las nuevas estructuras son artefactos contraproducentes. Restringen la circulación y hacen imposible el estacionamiento en la calle que rodea la plaza. Todo lo cual crea problemas a los vecinos y los negocios en sus alrededores y para el barrio en su conjunto.

El resultado de tantos esfuerzos, por más bien intencionados que sean, es alejar a las personas del barrio histórico, perjudicar a los negocios que dependen de ese movimiento, estrangular la actividad comercial y espantar a las oficinas que aún permanecen allí.

La mejor forma de proteger la Ciudad Vieja no es asfixiar su vida económica sino alentar que retornen los negocios, los empleos y la gente y, entonces, canalizar esta energía en forma constructiva para tutelar y valorizar su rico patrimonio.

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