Juan Oribe Stemmer
Juan Oribe Stemmer

Enseñanza y desarrollo

El desarrollo de una sociedad no es un proceso exclusivamente económico. 

Quizás, el énfasis en indicadores cuantitativos, muchos de los cuales se refieren esencialmente a la evolución de la economía, nos hace olvidar que el desarrollo es, esencialmente, un proceso social (después de todo la ciencia económica es una ciencia social, entre otras) e histórico.

El desarrollo (y el subdesarrollo) es, en última instancia, el resultado de la cultura de cada sociedad (basta ver lo que sucede muy cerca de aquí).

Por ese motivo, los informes bianuales que elabora el Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEEd) suministran una imagen más fiel del verdadero grado de desarrollo de nuestra sociedad que las estadísticas económicas sobre el Producto Interno Bruto o parecidas.

El reciente “Informe sobre el estado de la educación en Uruguay, 2017-2018”, nos enfrentó de dos maneras con el grado de subdesarrollo cultural de nuestro país: por lo que muestra acerca de la realidad del sistema de la enseñanza, y por las lamentables reacciones que tuvieron algunas de las principales autoridades educativas ante el Informe.

El Informe incluye una sección muy interesante acerca de la evolución de los sueldos de los maestros y profesores en nuestro país en el largo plazo desde 1905 hasta la actualidad.

Las estadísticas muestran la caída de las remuneraciones de maestros y profesores de Enseñanza Secundaria producida a partir de fines de la década de 1930.

Para medir ese proceso, el Informe utiliza como indicador la evolución del producto interno bruto (PIB) por persona total con el salario docente anualizado.

Las conclusiones son reveladoras.

El nivel de las remuneraciones de los profesores de Enseñanza Secundario llegó a estar diez veces por encima del PIB por persona. El salario en primaria más que triplicó el PIB por persona hasta la mitad del siglo pasado y en la educación técnica lo duplicó. “De hecho, agrega el Informe, aún en la década de 1960 la remuneración docente en estos subsistemas duplicaba el PIB per capita”.

Hoy, dice el Informe: “Para tener una idea de la persistencia del deterioro, se estima que en 2010 el salario docente de secundaria correspondiente a 20 horas y 15 años de experiencia … alcanza el 0,8 % del PIB per capita” y agrega, “Por ejemplo, este ratio para Portugal y México casi llega a 1,8 y en España y Colombia a 1,6”.

Una de las conclusiones es que “al menos desde la mitad del siglo XX, la asignación de recursos para mantener las condiciones salariales docentes no ha estado entre los objetivos centrales de las decisiones de gasto, al menos de manera sostenida. De hecho, a diferencia de la discusión sobre planes y proyectos curriculares, las intervenciones de política desde la mitad de la década de 1960 no parecen haber priorizado en forma continua la protección de esta función pública a través del salario”.

Esta notable caída de las remuneraciones refleja una determinada valoración del valor de la profesión docente. Tanto en lo que se refiere al prestigio de quienes se embarcan en esa profesión como en cuanto a sus más prosaicas posibilidades económicas.

No basta con implantar ambiciosos planes y programas. Para llevarlos a la práctica se necesita atraer a los mejores a la docencia y se necesita pagar sueldos decentes.

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