Juan Oribe Stemmer
Juan Oribe Stemmer

El enchastre

La historia de la Escuela de Artes y Artesanías Dr. Pedro Figari, se remonta a la década de 1890.

Uno de sus antecedentes fue la Escuela de Artes Plásticas, establecida en 1936. Ésta pasó a llamarse Escuela de Industrias de Artes Aplicadas en 1950. Años después ese nombre fue cambiando a su denominación actual (Figari había sido director de la Escuela Nacional de Artes y Oficios entre 1915 y 1917). La Escuela fue instalada en el predio delimitado por las calles Salto, Durazno y Nuestra Señora de la Encina en la década de 1950.

Su nuevo y amplio edificio, construido en el ángulo formado por las calles Salto y Nuestra Señora de la Encina, fue inaugurado en setiembre de 2014. Una de las características más interesantes de la flamante construcción era su fachada con luminosos ventanales intercalados con rectángulos de azulejos de colores primarios que le daban una apariencia alegre y limpia. No más.

Enseguida, la fachada fue atacada por los enchastradores que se abalanzaron sobre las tentadores superficies para dejar su huella de garabatos, manchones y pegotes de todas clases.

Arruinar una fachada toma minutos, pero limpiarla toma horas, trabajo y dinero.

No es una tarea sencilla porque esas personas no utilizan, precisamente, pinturas al agua ni el primitivo engrudo, para cometer sus actos de vandalismo. Emplean pinturas resistentes, difíciles de limpiar y adhesivos durables. Se necesitan productos químicos y abrasivos para limpiarlos. Lo que siempre deja manchas y gradualmente arruina las superficies. Parecería que los encargados de la limpieza de la escuela finalmente tiraron la toalla y ahora las fachadas exhiben verdaderos estratos de garabatos y carteles.

Lo que sucede con la Escuela es un ejemplo extremo de un problema general. Es posible mencionar los esfuerzos que realiza la Facultad de Arquitectura para proteger la fachada de su espléndido edificio. Las pinturas anti-graffiti no bastan para defender esas superficies y siempre hay algún ansioso por plasmar la evidencia de su ignorancia en ellas. Lo mismo sucede con muchos otros edificios públicos y particulares.

El graffiti bien puede ser considerado como una forma de arte que, en ciertas circunstancias, sirve para rescatar espacios de la ciudad.

Pero todo tiene su debido lugar y su debido momento.

Además, una cosa es un graffiti y otra las marcas, manchones, garabatos y jeroglíficos estampados en fachadas, postigos, puertas, cubiertas de los contadores de UTE, monumentos (es el caso del busto de Parra del Riego) y cualquier cosa más o menos estática de nuestra ciudad.

Esas marcas, primero, son un atentado contra la propiedad pública o privada porque arruinan y afean las fachadas de los edificios. A lo que se suma el costo de proteger las superficies y de limpiarlas. Segundo, son un acto de agresión que degrada y crispa el paisaje urbano. Tercero, son un aporte a la tugurización de Montevideo. Finalmente, ese daño causado deliberadamente a las propiedades privadas tiene un impacto sobre su valor de mercado. Lo más grave es que a esa clase de conductas se suma a otras. El viernes, al pie de la fachada arruinada de la Escuela Figari, acampaban dos personas con colchón, caldera, valija y frazada. El conjunto resumía la creciente anomia que nos envuelve y angustia cada vez más a los habitantes de Montevideo.

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