Juan Oribe Stemmer
Juan Oribe Stemmer

Difícil encrucijada

La reciente declaración del Grupo Internacional de Contacto (GIC), por una parte contiene un lapidario juicio sobre la situación en Venezuela y por la otra, ofrece un camino para resolver pacíficamente la crisis en ese país.

La declaración fue emitida al finalizar la reunión a nivel ministerial del GIC celebrada en Costa Rica, los días 6 y 7 de este mes.

El GIC fue creado el 30 de enero por el Consejo de la Unión Europea con el objetivo de "promover un entendimiento común y un enfoque más concertado entre las partes internacionales clave, en lo que respecta a la situación en Venezuela, con el objetivo de alcanzar una solución pacífica y democrática a la crisis actual". Este organismo está compuesto por los principales miembros de la Unión Europea (Francia, Alemania, Italia, Países Bajos, Portugal, España, Suecia y Reino Unido) y por cuatro países latinoamericanos (Costa Rica, Uruguay, Ecuador y Bolivia).

En realidad la situación en Venezuela ha dado lugar a la creación de tres foros o entidades internacionales ad hoc multilaterales.

El primero es el Grupo de Lima establecido siguiendo la Declaración de Lima del 8 de agosto de 2017. El segundo es el Mecanismo de Montevideo, creado el 6 de febrero pasado, mediante una resolución conjunta de los ministros de Relaciones Exteriores de México y Uruguay.

El tercero es el GIC, que se constituyó el 7 de febrero, en una sesión que tuvo lugar, también, en Montevideo.

Mientras que el Grupo de Lima ha tenido una posición muy crítica del régimen venezolano, el Mecanismo de Montevideo, obtuvo el beneplácito de Maduro. Ahora parece que las mismas características que lo hicieron tan aceptable para el déspota venezolano han determinado que haya sido abandonado por falta de apoyo de los demás países.

En cambio, el GIC, que inicialmente fue recibido con escepticismo, se ha consolidado y suministra una tenue luz de esperanza en un escenario internacional que cada vez se hace más oscuro.

La crisis venezolana, desencadenada por el progresismo real de Chávez y Maduro, es suficientemente grave en sí misma.

Ahora se agregan dos elementos. Primero, el presidente Trump resolvió cambiar la política que su país había seguido hasta ahora, de mantenerse alejado del problema y dejarlo a la diplomacia de los países latinoamericanos (es justo reconocerlo, fracasaron completamente). El estilo elefantino de Trump no contribuye a una solución. Segundo, y como consecuencia de lo anterior, el asunto Venezuela quedó atrapado en la confrontación global entre los Estados Unidos y Rusia. Algo que no augura nada bueno para los sufridos venezolanos. Ni para nuestra región.

La declaración de GIC reconoce los peligros que encierra esa situación y afirma que "la prioridad ahora, consiste en evitar una mayor escalada de una situación que es ya de por sí sumamente tensa". Para ello, continua,"es imperativo restaurar la democracia, el Estado de Derecho y la separación de poderes". Y advierte:"No se debe tomar ninguna medida de índole represiva, judicial o política que aleje más esta posibilidad".

Es decir, no empeorar las cosas. Lamentablemente, la policía secreta de Maduro opina otra cosa y no ha dudado en arrestar al diputado opositor Edgar Zambrano, primer vicepresidente de la Asamblea Nacional.

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