Juan Oribe Stemmer
Juan Oribe Stemmer

Así son las cosas

La decisión del Gobierno de nuestro país de emprender el camino para concluir un tratado de libre comercio con China (dejando de lado los problemas jurídicos y técnicos que plantearía, ya que somos parte del Tratado de Asunción), refleja la realidad de las cosas.

La potencia asiática se ha convertido en una de las principales contrapartes comerciales del Uruguay. En este sentido es relevante que China tenga acuerdos comerciales con Australia y Nueva Zelanda, dos de nuestros principales competidores en el mercado de los productos derivados de la ganadería y la agricultura.

Los argumentos a favor del acuerdo son muchos. Los expertos destacan, para citar un ejemplo solamente, la enorme complementación de producciones entre los dos países.

Pero, ¿a partir de qué punto esa complementación entre dos economías se convierte en la dependencia asimétrica de la economía más pequeña, de la mayor? Este es un problema clásico de política internacional. Es una ingenuidad pensar que las relaciones comerciales y las políticas caminan cada una en su trillo, sin tocarse entre ellas.

Los acuerdos de libre comercio, como los demás tratados de esta naturaleza, no tienen solamente una dimensión económica sino también una dimensión política. Impulsan interdependencias que en algunos casos pueden ser simétricas, y en otros casos serán asimétricas. Una relación comercial de este último tipo puede convertirse en una fuente (explícita o implícita) de influencia política del más poderoso sobre el más dependiente.

La dependencia económica genera dependencia política. Esa es la realidad de las cosas.

Las grandes potencias no tendrán ese problema -o lo padecerá en menor medida que un país relativamente más pequeño. Estos enfrentarán dos grandes opciones. Una de ellas es abstenerse de negociar esos acuerdos. No es una buena idea. Este camino los pondrá en desventaja respecto de otros países que hayan suscrito acuerdos de ese tipo y, para peor, no solucionará su excesiva dependencia comercial de una o unas pocas contrapartes.

La otra es concluir una red de tratados de libre comercio lo más amplia y densa posible que diluya la dependencia de una sola contraparte comercial dominante. La mejor forma de no depender demasiado de una sola contraparte comercial es acceder a muchas mercados y así repartir los riesgos que siempre encierra la interdependencia.

Esa última es la política de Chile. Este país ha concluido una red de acuerdos y protocolos comerciales, acuerdos de complementación comercial y de libre comercio. Éstos últimos incluyen tratados con Australia, Canadá, China, Colombia, Corea del Sur, Estados Unidos, Hong Kong, Malasia, Panamá, Perú, Tailandia, Turquía, Uruguay, Vietnam y dos entidades regionales (Centroamérica y ETA). La verdad es que no parece que esa estrategia le haya hecho mucho mal a los chilenos.

El problema es que el Mercosur padece de una introversión comercial paralizante más propia de la década de 1950 que del globalizado mundo del siglo XXI. Como resultado, Uruguay es parte de unos pocos acuerdos comerciales terminados dentro del marco del Mercosur y solamente tiene arreglos bilaterales con Chile, Méjico y Venezuela. No es la mejor situación.

Un acuerdo comercial puede ser conveniente. Pero no olvidemos que China es China.

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