Juan Oribe Stemmer
Juan Oribe Stemmer

Aniversario

La Constitución de 1918 fue un acontecimiento de enorme envergadura desde diferentes puntos de vista. Incluyendo que, primero, las principales personalidades de las dos grandes colectividades fundacionales, que habían estado enfrentadas desde la década de 1830 hasta pocos años antes, depusieron las armas y se sentaron a discutir, intercambiar ideas y a transar, en busca del objetivo común de cristalizar las nuevas reglas de convivencia política democrática y, también, en la empresa de construir un nuevo Estado.

Segundo, quizás tan importante como el texto de la Constitución fue el proceso que condujo a ella. Incluyendo la aplicación del voto secreto para la elección de los miembros de la Asamblea General Constituyente. Y, tercero, el texto constitucional cerró el ciclo de la Constitución de 1830 y abrió uno nuevo que, con sus altibajos, rige el proceso democrático en nuestra sociedad.
El aniversario fue recordado por dos publicaciones que contribuyen a destacar la complejidad del proceso que culminó en la nueva Constitución.

El primero fue el volumen VIII de la Colección Los Blancos, “La Constitución de 1916. Fundación de la democracia”, publicado por Ediciones de La Plaza. El segundo fue el Número Temático “La Constitución uruguaya de 1918 y el constitucionalismo latinoamericano” de la Revista Uruguaya de Ciencia Política (Volumen 27, No. 2018), presentado hace unos días. Cada texto se aproxima a aquel episodio desde una perspectiva diferente, pero ambos son complementarios y ayudan a conocer, y comprender mejor, la complejidad y riqueza de esa etapa de nuestra historia.

Los miembros por el Partido Nacional de la Convención Nacional Constituyente fueron personalidades con una acrisolada militancia probada en épocas difíciles. Algunos tenían raíces personales y familiares que se remontaban a periodos sombríos y experiencias dolorosas. Otros pertenecían a una enérgica nueva generación que ya había demostrado sus méritos políticos. Aureliano Rodríguez Larreta, observa Navascués en “La Constitución de 1916”, había sido uno de los desterrados en la barca Puig. Luis Alberto de Herrera era hijo del ministro de Relaciones Exteriores de Berro, Juan José de Herrera, y era veterano de las guerras civiles de 1897 y 1904. Una de las figuras brillantes entre las nuevas generaciones nacionalistas, Washington Beltrán, fue Miembro informante de la Convención.

Es interesante lo que escribió Lanzaro en “La Constitución uruguaya de 1918 y el constitucionalismo latinoamericano”: la nueva constitución fue un elemento fundacional de la “democracia pluralista, por su composición normativa, ya que consagra reglas básicas de la civilización política nacional y porque fue una constitución pactada, luego de ‘cautelosos regateos’ entre sectores del Partido Colorado y del Partido Nacional, que remató una larga sucesión de conflictos y acuerdos relativamente inestables, procesando, esta vez, un convenio constituyente formal y sólido, en procura de una ‘paz permanente’.” La nueva carta magna, continua, tuvo un fuerte anclaje en los partidos y estaba respaldada “por un rastro histórico denso”.

La historia de la Constituyente de 1918 revela, otra vez, que la clave de nuestra democracia depende de la combinación de esos dos elementos: partidos fuertes y sólidas raíces históricas.

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