Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Yoruguas

Los países pueden ser el resultado de un invento diplomático o iniciativa estratégica de algún imperio. Las naciones, en cambio, son el resultado de un relato.

El paisano que nace en la orilla oriental del río Uruguay es esencialmente igual que el que nace en la orilla de enfrente. Pero, como dice Borges en la milonga para orientales, es igual y un poco distinto. ¿Qué es lo que hace a uno uruguayo y al otro argentino? Básicamente es el relato, la acumulación histórica de hechos recogidos y conservados en un relato que los sustenta. El gurí de esta orilla y el de la otra van tomando conciencia de sí mismos en un relato familiar (soy hijo de) y en un relato nacional (soy uruguayo). Si ese relato no está envuelto de afecto y respeto habrá una tragedia (en ambos casos).

Ser uruguayo es familiarizarse con el relato, apropiárselo. ¿Qué es una civilización?, se pregunta Dany-Robert Dufour, sino un mundo encantado por un relato del cual fluye todo: las leyes, las creencias, las instituciones, las artes, los usos. (L’individu qui vient). Lo mismo vale, a menor escala, para una nación.

La campaña electoral, en la que estamos inmersos (y un poco aturdidos), bulle con propuestas para solucionar problemas del país y abrir horizontes: educación, seguridad pública, vivienda y todo lo que escuchamos todos los días. Son todos asuntos importantes, no cabe duda, pero son circunstanciales, vinculados a la coyuntura. Las preocupaciones, iniciativas y propuestas para que el Uruguay no decaiga en su ser nacional no son coyunturales sino de fondo.

Si el Uruguay, en una dimensión más o menos generalizada y compartida, no alimenta un querer seguir siendo una nación -lugar y forma de vida que los uruguayos reconozcan como propia, la extrañen cuando están lejos y cuando estén acá se muestren dispuestos a las renuncias y los esfuerzos necesarios- el Uruguay dejará de ser una nación, perderá aquello que todavía ata al que se fue y aunque sea más rico allá donde está busca excusas para volver y afinca al que se queda acá porque, a pesar de todo, prefiere quedarse.

Ser uruguayo es sentirse incorporado a un relato nacional donde alternan hechos y símbolos. El descuido de los símbolos es inexcusable. Las llamadas fechas patrias hoy ya no se conmemoran; por un torpe, equivocado e ignorante sentido práctico se amontonan todas en una sola celebración el 19 de Junio. Los mismos calificativos -equivocada, ignorante y torpe- le caben a la reciente decisión municipal de alquilar la Plaza Independencia para filmar una serial para la televisión. En la Plaza Independencia está el monumento a Artigas, está la casa de gobierno, en ese escenario se han celebrado ceremonias cívicas de alta significación nacional. ¿Estamos tan mal de fondos (espirituales y monetarios) como para incluirla en la cartelera de ofertas? “Su cinto no tiene plata ni pa’pagar mis recuerdos” (Osiris).

El Uruguay tiene que continuar siendo un relato que le “habla” a los que nacimos acá. El futuro tiene siempre algo del pasado. Por eso el futuro es siempre hijo de un relato.

El relato nacional no es unívoco, es heterogéneo. Puede, incluso, ser contradictorio, pero siempre es constitutivo. Nos hacemos al relatarnos, nos reconocemos al decir-escuchar el relato que nos distingue y nos hace lo que somos. La construcción de una nación es tarea permanente. Recordar eso en tiempos de campaña electoral no está demás.

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