Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

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El comandante del Ejército, Gral. Gerardo Fregossi, ha anunciado una renovación de planes de estudio militares. Se trata de una decisión importante, tanto para la Fuerza como para el país.

Hoy circula bajo el rótulo de historia reciente una construcción imaginaria dual, competitiva, acaparada por dos relatos contrapuestos; cada uno de ellos se vuelca a la descripción acusatoria del otro y encuentra en esa demonización la justificación propia que necesita. El relato de esos años es panfletario, lleno de segundas intenciones, ocultamientos y sobre todo de exculpación.

En esos años tuvieron lugar en nuestro país dos impulsos contrapuestos: la guerrilla y el golpe de Estado militar. Ambos fueron esencialmente antiuruguayos. La guerrilla fue una respuesta trasplantada para un problema que aquí no había. El propio Che Guevara, que no era uruguayo pero para quien era evidente lo que era el Uruguay, calificó de aventura sin sentido promover acá una guerrilla. Era un planteo completamente forzado, antiuruguayo. El golpe militar, la usurpación de las funciones de gobierno por parte de uniformados, era asimismo algo que no correspondía a los antecedentes del Uruguay, era también un planteo forzado, antiuruguayo. Ambos impulsos, tan forzados y tan ajenos a la realidad que procuraban atender (el Uruguay) tuvieron lugar y prolongadas consecuencias.

Dos impulsos (proyectos, visiones) tan antiuruguayos necesitan mucha explicación. De parte de sus respectivos gestores necesitan mucha justificación. La justificación no es historia; la mayor producción editorial sobre el tema proviene de una necesidad de definir al otro como pretexto.

En el correr de los años las cosas se han complicado: la mayoría de los analistas, historiadores y politólogos sustituyeron la investigación por el enrolamiento: se atropellaron para sentarse a la mesa de la corrección política y del poder. Los libros más serios sobre el período provienen de periodistas. Se sabe que existieron pero están borrados de ambos relatos tanto el entusiasmo inicial de la izquierda con los Comunicados 4 y 7 como los diálogos y proyectos compartidos en el Batallón Florida entre captores y cautivos.

El gobierno militar tuvo tres períodos: 1) la derrota militar de la guerrilla y neutralización de sus apoyos, 2) una reconstrucción de la sociedad según el paradigma del cuartel (“seguridad para el desarrollo”) y 3) elaboración de la salida y regreso a los cuarteles. Solo para lo primero se puede argumentar un respaldo legal. Las violaciones a los derechos humanos en algunos cuarteles se podrían explicar por decisiones locales o de algunos cuerpos militares específicos: la decisión de tomar el gobierno fue corporativa e institucional de las Fuerzas Armadas. Los castigos atroces sufridos por los guerrilleros mueven a indignación y censura pero el padecimiento no otorga razón ni convierte en sensato el disparate o en inocente el atentado. Ningún acusado debería dejar de pasar ante un juez y ningún juez ampararse en un estado de opinión para sentenciar al grito (caso del Gral. Dalmao). Ningún enterramiento en pre- dio militar puede ser aceptado. Se ha propagado una confusión conceptual entre víctima y héroe.

Es una buena idea estudiar con mayor profundidad (y libertad) nuestro pasado. Y con mayor humildad. Quedan datos por saberse y falacias por desarmarse. Todo indica que fue un período de enorme desorientación nacional.

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