Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Aunque esté a la vista

En el país subsiste una queja generalizada -y creo que justificada- respecto a que los gobiernos del Frente Amplio, aún contando con el generoso regalo de una coyuntura económica favorable, no han dejado al país mejor equipado en términos de obra pública. El panorama físico del país, por ejemplo para quien se mueve por el interior, es el mismo de siempre en cuanto a obra pública: las mismas carreteras, los mismos puentes, el mismo no-ferrocarril, solo que todo más viejo y deteriorado.

En el país subsiste una queja generalizada -y creo que justificada- respecto a que los gobiernos del Frente Amplio, aún contando con el generoso regalo de una coyuntura económica favorable, no han dejado al país mejor equipado en términos de obra pública. El panorama físico del país, por ejemplo para quien se mueve por el interior, es el mismo de siempre en cuanto a obra pública: las mismas carreteras, los mismos puentes, el mismo no-ferrocarril, solo que todo más viejo y deteriorado.

Pero hay dos cosas nuevas y ellas “dicen” mensajes interesantes, mensajes que mucha gente se resiste a escuchar aunque los argumentos estén a la vista. Quien se mueva por el interior se encuentra hoy con un paisaje radicalmente cambiado y ese cambio se ve en las enormes extensiones forestadas y en las largas hileras de molinos de generación eólica. El Uruguay que hoy se ve por la ventanilla del auto es otro del que se veía antes. (Decir esto en Montevideo quizás sea como hablar en chino, pero el Uruguay no es solo Montevideo).

Este cambio hay que mirarlo a la luz (o en contraste) con algunos rasgos del no-cambio mental de muchos compatriotas. Me refiero a la impenetrable y antigua obstinación de muchos uruguayos por confiarle al estado las obras de transformación del país y a la correlativa sospecha sobre los emprendimientos privados y las privatizaciones.

La forestación proviene de un gobierno que impulsó una ley para promocionar la actividad y otorgó beneficios fiscales al comienzo. Punto. Luego entró la actividad privada y ella hizo todo lo que está a la vista. El gobierno marcó un rumbo, eligió una política, pero no desarrolló las obras: fueron los particulares quienes arriesgaron capital, hicieron lo que era necesario, y ahora gestionan y desarrollan. Actualmente hay más de 800.000 hectáreas forestadas.

La modificación de la matriz energética fue también una decisión gubernamental: se eligió un rumbo, se tomó una política. La ley de Marco Regulatorio, dictada por el gobierno en 1997, dejaba en claro que el monopolio de UTE abarcaba la transmisión pero no la generación de energía. El gremio de UTE y el Frente Amplio, imbuidos ambos de la misma mentalidad conservadora, frenaron administrativamente durante muchos años la aplicación concreta de la posibilidad de generación privada. Pero en un momento dado hubo dos años corridos de seca implacable que obligaron a UTE a gastar 600 millones de dólares en combustible fósil cada año. La necesidad tiene cara de hereje, dicen, y entonces el Sr. Ramón Méndez, director nacional de Energía, (me gusta reconocer los méritos) impulsó el programa de reconversión de la matriz energética. Hoy hay molinos de generación eólica en todas las cuchillas del país y la mitad son privados. El gobierno marcó las políticas, los privados pusieron los pesos, trabajaron, hacen plata y la generación de electricidad cuesta ahora 14% menos (aunque en el recibo que a usted le llega no se vea).

En ambos casos, distintos gobiernos señalaron políticas pero no tomaron a su cargo los emprendimientos; fueron los particulares quienes desarrollaron esas dos obras que han cambiado al Uruguay. ¿Cómo puede haber gente, algunos en altos cargos políticos y sindicales, que todavía siguen con el verso contra las privatizaciones al barrer y a favor de un estado que haga todo, dirija todo y se meta en todo?

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