Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Dos Uruguay

En el reciente libro “Cómo Mueren las Democracias” de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt se sostiene -y se aportan estadísticas- que las democracias quedan heridas de muerte cuando la opinión pública se divide y se reparte entre dos partidos cuya meta y objetivo principal no es tanto la derrota electoral del otro sino su descalificación y exclusión.

La semana pasada desarrollé el tema de la necesaria recomposición de la unidad para el Uruguay y el compromiso en ese sentido del candidato del Partido Nacional. Hoy quiero llevar la atención del sacrificado lector hacia lo opuesto, es decir, el peligro que significa para la democracia -y, en particular para el Uruguay de estos tiempos- jugar a la división.

La división ha sido producto, en buena medida, de la política excluyente y autosuficiente de parte del Frente Amplio y de la forma como usó su aplastante mayoría. Resultado: la sociedad dividida en dos, tanto en el discurso político como en el comentario periodístico y hasta en la conversación cotidiana. El país empezó a ser dicho (y pensado) en dos discursos excluyentes. Hay dos Uruguay y comienzan a aparecer y a destacarse dirigentes políticos que crecen y se popularizan en sus respectivos “Uruguays” precisamente a través de su empeño en marcar y fomentar las diferencias.

Para peor, cada una de esas dos partes, es un corte transversal de la sociedad; no se trata de una división clasista de la sociedad, como en la concepción clásica de Carlos Marx (y de Graciela Villar) sino que cada una funciona como un Uruguay aparte, igualmente compuesta de jóvenes y viejos, ricos y pobres, cultos e incultos, de la capital o del interior. Una de las consecuencias más nefasta de este tipo de planteo es la disolución de todos los símbolos de un país compartido.

Debería quedar claro para todos que las elecciones no son una instancia para determinar cuál Uruguay se impone sobre el otro. Cualquier proyecto político que juegue con la división y trabaje sobre las grietas está destruyendo al Uruguay. Es imposible pretender que pueda funcionar un país en cuya entraña hay dos opciones mutuamente excluyentes, que no tienen trato entre sí y que ven el mal y los problemas siempre en el otro lado.

Enfrentar hoy esta realidad presenta dificultades prácticas. A los dirigentes frentistas, que están enfrentando unas elecciones adversas, les resulta ímprobo revisar su comportamiento absolutista durante los gobiernos recientes. A los partidos desafiantes se les vuelve difícil conjugar el necesario rechazo sin ambages del estilo imperial del Frente y, a la vez, mantener un discurso y una disposición abierta, coalicionista, referida a operar sobre la premisa de un solo Uruguay (con licencia de los autoconvocados que intuyeron algo de esto).

Escribe Rosanvallon en “La Política en Tiempos de Desconfianza”: “Restaurar significado y sustancia a la política no implica encontrar un redentor colectivo, sea este el pueblo, una clase o las masas. Más bien es cuestión de hallar la manera en la cual el sistema que genera las diferencias en las sociedad encuentre él mismo caminos para consolidar un formato político basado en compromisos recíprocos”.

El quid del asunto, agrego yo, es sembrar y hacer crecer un compromiso común no obstante y si perjuicio de los otros compromisos. De no conseguirlo seguiremos el camino de nuestros vecinos argentinos, es decir, el camino de la autodestrucción.

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