Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Uruguay II

Estos domingos -el anterior y el posterior a la semana de carnaval- he elegido comentar dos episodios relativamente recientes. Lo hago en virtud de que me parecen dignos de evocación y recuerdo.

Cada uno en su peculiaridad reflejan ese tipo de cosas que, tanto los uruguayos como los extranjeros que nos conocen, mencionan con convicción como que solo acontecen en el Uruguay.

El domingo pasado escribí sobe el abrazo entre Sanguinetti y Mujica al irse del Senado y hoy voy a escribir sobre el rescate de los pasajeros del crucero Greg Mortimer. Ambos episodios tienen protagonistas concretos y específicos; en aquel caso dos renombrados dirigentes políticos y en este al gobierno y a Ernesto Talvi.

Pero sin perjuicio ni mengua del mérito que le corresponde a dichos protagonistas concretos, ambos sucesos han sido percibidos y recibidos por los uruguayos como cosa propia, como algo sorprendente pero, a la vez, natural, que corresponde y calza con lo que tiene lugar en esta tierra que el inglés Hudson, gratamente sorprendido, llamó purpúrea.

En determinado momento del año pasado el Uruguay vivió y se sintió emocionalmente involucrado en dos causas o emprendimientos: traer de vuelta a casa a todos los compatriotas que habían quedado varados por el mundo y rescatar a los pasajeros del Greg Mortimer que flotaban asustados en el Atlántico sur, enfermos de Covid-19 y sin encontrar a nadie que aceptara recibirlos.

Lo primero era admirable pero lógico: se trataba de compatriotas. Lo segundo no: eran extranjeros, turistas de paseo, en un buque de bandera de otro país y se encontraban geográficamente más cerca de puertos argentinos; había claramente unos cuantos responsables que deberían haberse hecho cargo. Pero nadie movió un dedo: ni la empresa de turismo que les vendió la excursión, ni los gobiernos de quienes los pasajeros eran súbditos, ni la agencia de seguros, ni nadie. Fue el Uruguay quien se hizo cargo y los uruguayos nos sentimos contentos de auxiliar a esa gente abandonada, que quizás nunca había oído hablar de la existencia de nuestro país y probablemente confundía Uruguay con Paraguay.

El Uruguay los acogió. A nadie se le ocurrió echar mano a las muchas razones “razonables” que había para una cómoda prescindencia. El Uruguay mandó médicos a bordo, internó a los que necesitaban internación, les consiguió vuelos para retornar a su país y los despidió con afecto agitando pañuelos en la rambla a su paso cuando iban hacia el aeropuerto. Hubo una identificación colectiva muy sentida y muy marcada: eso era lo que correspondía hacer y eso es lo que se hizo, sin vacilaciones, sin alharaca ni vedetismo de parte de nadie. Nadie intentó apropiarse de la empresa o del episodio, siempre fue sentido como algo del Uruguay; en otras palabras, como ese tipo de cosas que no suceden en ninguna otra parte, solo en el Uruguay.

A los pueblos les hace bien recordar las instancias en que han hecho algo bueno desinteresadamente y que, por eso mismo, es propiedad de todos sin diferencias. Los pasajeros rescatados se fueron besando nuestro suelo al partir, desde ahora inolvidable para ellos. Y los uruguayos rememoramos y tampoco olvidamos aquello con una sana satisfacción nacional.

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