Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Uruguay ya no está cómodo

El batuque del carnaval aturde un poco y no es el mejor clima para reflexionar (aunque los carnavales de ahora ya no son lo que supieron ser: antes las vedettes eran Rosa Luna o Marta Gularte y ahora es María Julia Muñoz).

Pero, no obstante eso, voy a plantear un tema para la reflexión.

Los estados de ánimo colectivos son determinantes para los cambios en la sociedad; en ellos bulle lo que la sociedad tolera o no tolera, lo que aspira y lo que no se anima, lo que la entusiasma y lo que la asusta, lo que muestra y lo que esconde. No es fácil distinguir esos estados de ánimo colectivo porque uno tiende a confundir la parte de la sociedad que habita con el todo (y también se enreda entre lo que percibe y lo que le gustaría que fuera). Con esos riesgos a cuestas vamos a proseguir.

Ningún sociólogo profesional aceptará caracterizar el estado de ánimo nacional en términos de cómodo o incómodo: para los viejos políticos, en cambio, eso será algo perfectamente reconocible (y decisivo). Yo creo que el estado de ánimo colectivo del Uruguay era, hasta hace poco, de comodidad. Eso cambió. Ahora el Uruguay no está cómodo, está inquieto. Cuatro años atrás que no le vinieran a nadie con cambios: ahora es otro cantar.

Este estado de ánimo afecta a la generalidad pero no a todos los uruguayos. Hago esta aclaración de entrada para atajar la objeción de cajón. Existe, sí, un núcleo duro inconmovible; son los que siguen afirmando que Venezuela es una democracia, que la izquierda es el espacio de una moralidad política superior, no obstante Sendic, la Senadora trans que eligió el Partido Comunista (y está procesada por estafa), el Pato Celeste, y demás evidencias en contra.

El resto del Uruguay -que es la mayoría y que incluye a una buena porción de votantes del Frente- no está cómodo como antes: está inquieto. Dado que está inquieto, o precisamente porque lo está, tiene una apertura y una disposición a priori para considerar un cambio. Ese cambio, quiérase o no, tiene una fecha: las elecciones.

El Uruguay que ya no está cómodo enfrenta dos perspectivas posibles porque el resultado de la elección todavía es incierto. Si llegara a ganar otra vez el Frente Amplio es impensable esperar un cambio que disipe la incomodidad y la inquietud; todo va a seguir igual porque el Frente no va a gobernar contra el Frente. Es obvio. El hipotético cuarto gobierno frenteamplista no va a adoptar una línea económica que destruya o contradiga la de Astori, ni una política de seguridad que contradiga la del binomio Bonomi-Vázquez, ni una política social contra la de Arismendi y así sucesivamente.

La otra perspectiva, la de que gane el Partido Nacional, es la que abre una posibilidad de modificar algo. Esa posibilidad será mayor o menor según la dimensión del respaldo electoral que el eventual gobierno del Partido Nacional haya podido conseguir.

Agrego, para terminar, una consideración general. La transformación de un país se hará siempre a partir de lo que está. Tampoco podrá ser obra de un Presidente: será (si lo es) de un Partido y nunca en un solo período de gobierno (pero no hay que amilanarse y se debe pensar en grande). Tampoco hay que dejar de soñar que los carnavales vuelvan a ser lo que eran y que las mascaritas se saquen la careta, (tanto en el corso como en la arena de Antel).

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