Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

En suspenso

Durante el campeonato mundial el país entero está como en suspenso; todo se detiene y no sobra ni una pizca de atención ni de interés que esté disponible para otras aplicaciones que no sean los avatares de los partidos de fútbol. En esa perspectiva ¿sobre qué puede uno escribir con una mínima esperanza de que le lleven el apunte?

Durante el campeonato mundial el país entero está como en suspenso; todo se detiene y no sobra ni una pizca de atención ni de interés que esté disponible para otras aplicaciones que no sean los avatares de los partidos de fútbol. En esa perspectiva ¿sobre qué puede uno escribir con una mínima esperanza de que le lleven el apunte?

En realidad la vida sigue. Siempre sigue. El tiempo no se detiene; los hijos por nacer se siguen gestando y los viejos siguen envejeciendo, los intereses de mora por las deudas sigue acumulándose y los muy ricos siguen aumentando su capital. Pero el país como tal está en suspenso.
Me parecía una imprudencia empezar a escribir sin tener el resultado del partido del martes. Pasado el martes no sé cómo empezar estas líneas sin saber el resultado del sábado (que ya sabrán quienes esto lean el domingo). ¡Gran perplejidad!

Pero dentro de lo esencialmente provisorio que determina la situación y hablando de un país en suspenso, no deja de tener sentido traer a colación que la campaña electoral y el tiempo preelectoral constituyen también una coyuntura parecida. Hasta fines de noviembre, por lo menos, el Uruguay seguirá de alguna forma en suspenso por ese otro motivo.
Todos los finales de un período de gobierno introducen necesariamente una serie de dudas y de interrogantes. Pero este año 2014, este final del gobierno de Mujica y todo lo que viene sucediendo en la entraña del partido de gobierno (y recuérdese que el Frente Amplio es el domicilio electoral más grande del país) ha ido desparramando sobre la sociedad uruguaya una sensación —vaga al principio pero cada vez más creciente— de que hay algo que tambalea, algo que se defiende como para no morir pero está herido.

Herido por su propia mano, vacilante por su propia astenia, desconcertado y sin respuesta ante un desafío inesperado y que lo descoloca.

El tiempo, naturalmente, también en esto va a seguir corriendo. Pasado el intervalo del mundial la cabeza y el corazón del Uruguay no van a volver del todo a aplicarse en las rutinas del trabajo, el estudio, el amor y demás empeños personales.

El período preelectoral, la disputa de estas elecciones en particular, abre un lapso de interrogantes como no lo hicieron las elecciones pasadas. También por esa circunstancia el suspenso se ha de prolongar. Y este suspenso es tal porque no refiere solamente a la especulación sobre un resultado numérico: tantos votos o cuántos votos para éste o aquel.
Se ha hecho espontáneamente lugar una interrogante, que no vale nada cuando la plantea la publicidad de algún candidato, pero que es un sacudón cuando la introduce la realidad por sus propios e insondables caminos: ¿estamos ante la posibilidad de que haya un cambio en el Uruguay? ¿Asoma otro país?

El campeonato mundial mantendrá a todos los uruguayos en suspenso por un tiempo más. Después será anécdota y recuerdos; según como nos vaya: alegría o bronca. Pero no más suspenso. El suspenso de las elecciones —quizás no tan extendido como el otro pero más hondo— seguirá campeando hasta el verano. Y en ese plano, mientras la contienda está en curso y por definirse, el ingenio se agudiza.
Cuando hay una renovación factible en ciernes el coraje se siente convocado. ¡Bienvenido suspenso!

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