Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Entre Rivera y Santana

El primer recuerdo que tengo de la frontera Norte está muy atrás en mi memoria. Livramento era un poblado oscuro, unas pocas calles con empedrado de cuña y el resto de tierra colorada, comercios baratos y un moreno descalzo que vendía mocotó en la línea.

Del otro lado Rivera, buenas casas en la calle Sarandí y todo el centro hormigonado y con el único hotel decente: el casino. Ahora —vayan a ver— es a la inversa: lo nuevo y lo bueno está del lado de allá y de este lado todo más o menos como estaba hace sesenta años. En la frontera Rivera-Livramento concertaron reunirse los expresidentes Mujica y Lula Da Silva el lunes pasado.

Quien haya leído mis columnas en este diario sabrá que no tengo buena opinión de Mujica ni de su gobierno. Más bien estoy de acuerdo con Darwin Desbocatti cuando dice que Mujica es una fuerza de improvisación destructiva. Pero de todo lo que la prensa recogió de esa reunión bayana (donde, además de Lula, estuvieron Dilma Rousseff y el ex presidente de Ecuador, Rafael Correa) lo único sensato fue lo que dijo Mujica.

De Correa no me ocupo porque no tenía nada que hacer allí (estrictamente hablando, Mujica tampoco, pero quiero comentar lo que dijo). Lula y Dilma profirieron sendos discursos de protesta, entre indignados y llorosos por la forma en que han sido tratados en su país. Ambos personalizaron los problemas del Brasil, identificaron la suerte de los pobres con sus gestiones, se atribuyeron todos los progresos sociales (los pasados y los únicos que podrán sobrevenir), señalaron conspiraciones de poderosos en su contra, imputaron vicios en los procesos (judicial uno y político el otro) que los afectan sin mencionar que ambos procesos han corrido por los canales institucionales que prevé la Constitución de su país.

Por supuesto, en todo el tiro de la perorata no pronunciaron una palabra sobre la corrupción del P.T. y no hubo ni un susurro en voz baja que mencionara a Petrobras u Odebrecht. En una palabra: la misma cantilena quejosa que emite acá el Frente Amplio respecto a su situación, con las mismas púdicas omisiones y cambiando solamente los nombres propios (Ancap, ALUR por Petrobras).

En cambio Mujica primero le dijo a Lula —con buenos modos— que no se creyera tan importante, "los cambios no se pueden respaldar en una figura sola porque mañana no está la figura y la lucha continúa: hay que hacer Partido". Y luego agregó lo más importante de toda la jornada: "Veo a las sociedades latinoamericanas muy crispadas, razonando en blanco y negro, perdiendo el respeto y dejando de quererse a pesar de las diferencias". En ese sentido planteó que no cree que "la confrontación le convenga a ninguna sociedad" por lo cual era necesario "aprender a tolerarse y negociar todo lo necesario: no se puede progresar con odio; con odio se retrocede".

De todos los discursos de Mujica uno puede entresacar lo que quiera, desde material para enfurecerse hasta material para sentir un alivio. Atando esto con el tema de mi columna del domingo pasado, el principal problema que va a enfrentar el Uruguay en el próximo período de gobierno será reaprender a quererse a pesar de las diferencias, salir de la crispación y de leer todo en blanco y negro (y no tomar el eventual cambio que pueda llegar con el talante en que lo están tomando Lula y Dilma Rousseff).

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