Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Preparar el futuro

El futuro próximo de nuestro país va a ser complicado por varios motivos, externos e internos. Los internos se registran en las cosas que se han destruido en los últimos tiempos o que se ha permitido que se destruyeran.

Al comienzo del otoño escribí que, si se diese un cambio en la titularidad del gobierno, el acuerdo que esa circunstancia impone, en virtud del resultado electoral que se presume, no versa sobre los temas que se han venido manejando sino sobre otros. Algunos dirigentes de los partidos de oposición se han planteado y le han comunicado a la ciudadanía la necesidad de acordar desde ya algunas medidas en materia de educación, seguridad y manejo fiscal. Reflexionan sobre la base de que el próximo gobierno no tendrá mayorías parlamentarias propias y se hará necesaria una coalición para poder avanzar algo en los terrenos señalados.

El reconocimiento de la falta de mayorías propias es una reflexión que atiende exclusivamente a lo electoral. Pero habrá otra emergencia en el Uruguay de mañana, referida a una fractura nacional, que parece no estar presente en la pantalla del radar de esas dirigencias políticas. El Uruguay, sobre el cual se proyecta el acuerdo de las llamadas cuatro o cinco medidas necesarias, es un país dividido. No es que haya un riesgo de fractura: hay ya una fractura.

Las dirigencias políticas expertas y lúcidas —sea en el país que sea— juegan sus diferencias y sus discrepancias en un supuesto compartido de protección y salvaguarda del sistema. Dicho de otro modo: juegan sus cartas cuidando de no hacer pedazos la mesa de juego. Esto implica, entre otras cosas, tener claro lo que debe concederse a las minorías para que el ejercicio de la autoridad tenga verdadera legitimidad democrática (para que el excluido del gobierno sienta que, a pesar de un resultado electoral ocasionalmente adverso, él sigue formando parte del sistema). El asunto está en involucrar a la parte perdedora en la lealtad a las instituciones democráticas y sus reglas. Y la parte perdedora, en el imaginario de esos dirigentes, es el Frente Amplio.

La más delicada tarea que habrá de enfrentar el Uruguay de mañana es diseñar una convivencia civilizada para una sociedad fracturada. Lo que hace tremendamente difícil esa tarea es el necesario manejo simultáneo de un discurso tajante sobre los desastres de los gobiernos del Frente Amplio y, a la vez, con propuestas que cuiden de no dejarlo afuera.

El Uruguay conserva en su memoria política recursos de inclusión del adversario. La Paz de Abril acordó una sensatez política encaminada a "legalizar" una realidad cívica. Había dos bandos que, como dice Martínez Lamas, eran en sí mismos dos formas de ver y de entender el Uruguay y los dos se dieron cuenta que el progreso del país como país no iba por el camino de escoger una parte y eliminar la otra y que el mejor futuro no sería el construido sobre la exclusión de una sino sobre la coexistencia validada y legitimada de las dos.

Cuando las dirigencias de los partidos de la oposición, pensando en el futuro que se viene, se convocan mutuamente a diseñar acuerdos tendientes a adelantar desde ya qué piensan hacer respecto a la seguridad, a la enseñanza o a lo que sea, tienen que incluir qué piensan hacer respecto al Frente Amplio, ayer medio país y hoy más de un treinta por ciento. Pero este tema tiene más vueltas.

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