Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

El peso del pasado

El mayor y más serio problema que tiene un país dividido es su propia división.

Cuando en un país una mitad de la población cree que el principal obstáculo para el progreso es la otra mitad, y esta piensa, a su vez, lo mismo de la otra, ese país está en problemas. ¿No le parece al sacrificado lector una descripción bastante adecuada del Uruguay de hoy?

Cuando uno se pone a analizar cuáles sean los ejes sobre los cuales se define esa división del Uruguay fácilmente se extravía. El Dr. Julio María Sanguinetti acuñó hace un tiempo el concepto de familias ideológicas como eje de la división. Estuve en desacuerdo con esa visión desde que fue emitida. Creo que el problema no está tanto en lo ideológico como en lo histórico o, si se quiere, lo cronológico: el peso del ayer.

En nuestro país están presentes todas las divisiones habituales de las sociedades: entre ricos y pobres, jóvenes y viejos, capital e interior… A todas ellas hay que reconocerlas, no disimularlas y enfrentarlas permanentemente porque siempre habrá jóvenes y viejos, ricos y pobres (lo insoportable es que los pobres sean siempre los mismos y los ricos también). Pero creo que el eje que separa a los uruguayos de hoy circula por debajo de todas esas categorías visibles mencionadas habitualmente: se ubica en las coordenadas del tiempo, el tiempo real y el tiempo mítico. Hay, grosso modo, una mitad (de ciudadanos, de intelectuales, políticos, empresarios, periodistas, etc.) que cree —algo de fe hay en la cosa— que el Uruguay tiene que volver a ser como era. La otra mitad piensa que del pasado hay que aprender pero no copiar y que el futuro no debe buscarse en el pasado. Para unos el Uruguay ideal, el Uruguay como debe ser, es el Uruguay que fue (en un pasado mítico, dorado). Para otros eso es justamente el freno. (Ver mi libro "Un País que no Quiere Morir" Ed. Fin de Siglo, 1996). El quid del asunto no está en la pinacoteca sino en salir a pintar.

No hay que dejarse engañar por los rótulos y las etiquetas (las pone el vendedor): el progresismo del Frente Amplio no fue una osadía renovadora. Dice Miguel Arregui en el prólogo que escribió para mi libro "La Historia Domesticada": "La izquierda abandonó sus viejas propuestas revolucionarias, el sueño del renacimiento tras la purificación de la violencia y viró sigilosamente hacia una zona de confort ideológico. Promete el regreso a las certezas del pasado, un lugar cómodo para cobijarse de la intemperie. Su discurso plagado de lugares comunes se ha vuelto sentido común, su conformismo es de raigambre batllista".

El Uruguay es un país dividido entre un país que no quiere morir y el país que busca nacer. Las discusiones y tironeos que se entrecruzan en la superficie visible y cotidiana ocultan (o revelan si se mira con atención) la división de fondo. Se trata de una división tan uruguaya que todos la llegamos a reconocer en nosotros mismos.

Paradójicamente (o no tanto) si uno analiza las próximas elecciones verá que se van a disputar sobre el mismo eje, con unos que van a votar al Frente Amplio para que el pasado no pase, prolongar un pasado que notoriamente está en su ocaso y otros van a votar por dejar atrás lo que ya pasó. El país que no quiere morir en esta instancia va a cuidar otros muertos pero la lógica es la misma, el dinamismo tiene el mismo signo (la división también).

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