Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

La persona en su mundo

La campaña electoral viene con el pedal a fondo; había empezado mejor pero ahora entró en una etapa en que los actores políticos se dedican a aludirse y retrucarse en vez de hablar del Uruguay. Lástima.

Hoy voy a encarar asuntos de importancia política aunque no electoral, como es el caso de la igualdad y de los derechos. Veamos.

Según una definición rudimentaria, derechos son aquellas cosas (por ahora dejémoslo en “cosas”) que le corresponden o se le deben a alguien. Se llaman derechos naturales aquellos que le corresponden a todos los seres humanos, sea cual fuere su sexo, edad, raza, religión, nacionalidad o catadura. Por otro lado están los derechos adquiridos que se constituyen cuando la persona adquiere una condición (matrimonio, herencia) o firma algún compromiso (compraventa, asociación, etc.)

Hace ya unos siglos -póngale de la revolución francesa para acá- todas las personas, por lo menos en occidente, se consideran iguales y exigen ser tratadas de ese modo. Es uno de los derechos básicos. Dicho en términos contemporáneos el negro dice: yo no soy menos que el blanco, el pobre dice yo no soy menos que el rico, la mujer respecto al hombre y así sucesivamente. Y tienen razón.

Pero esto tiene derivaciones; el del Borro dice: yo tengo tanto derecho a una buena atención médica como el de Carrasco y a tener saneamiento, calles pavimentadas, etc. Pero el asunto se extiende aún a otras superficies; el muchacho o la chica de Malvín Norte quiere vestirse (o calzarse, o peinarse) como el de Malvín de la costa porque él/ella no es menos, y el de Malvin o de Pocitos busca hacerlo como los de Los Angeles y todos los jóvenes en todas partes se pondrán una misma remera de los Rolling.

Pero si todos queremos ser iguales entonces nos perdemos en el montón. Todos iguales nadie se siente él mismo; de ahí viene la necesidad de marcar las diferencias: diferencias de género con todos los subgéneros, de filiación política cada vez más desmenuzada y diferenciada, de origen local, de dieta (vegetarianos), de pasión deportiva y de todo lo que se le ocurra.

Francis Fukuyama ha publicado otro libro -mejor, a mi juicio, que “El fin de la Historia” que lo hizo famoso- titulado “Identidad”. Allí afirma que “la demanda por el reconocimiento de la identidad propia es el concepto clave que unifica y hace inteligible mucho de lo que hoy sucede en la política mundial”. Por todas partes se generan reacciones de aquellos grupos humanos que sienten que su religión, o su raza, o su comarca o su lo que sea, no han recibido el reconocimiento y el respeto que les corresponde. La abundancia material, el disponer ahora de más cosas que antes, es un hecho comprobable en occidente (y en el Uruguay también). Pero, según Fukuyama, “en este tiempo de relativa abundancia el reclamo más hondamente sentido es por reconocimiento”.

Se trata de una complicada dialéctica entre la igualdad que nos empareja frente al reconocimiento y el respeto de las particularidades. El reclamo por pan y techo es un reclamo del siglo XX; los que actualmente lo siguen reclamando son los que cruzaron el Mediterráneo en bote o el rió Bravo a nado. Sus hijos, la generación siguiente, incendian las calles exigiendo respeto y reconocimiento por sus identidades.

Eso es del siglo XXI.

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