Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

¿Parecidos o diferentes?

Con tantos días seguidos de lluvia y niebla uno se pone a cavilar sobre el Uruguay, nuestro país.

La pandemia ha puesto a la vista del mundo un país que ha sobresalido, que se ha destacado por un abordaje sereno de la crisis, con fuerte atención del Estado pero confiando en la libertad responsable y con un gobierno atento tanto a lo sanitario como lo económico. Trajimos a casa a todos los uruguayos varados por el mundo y, encima, nos ocupamos de los extranjeros varados en el Greg Mortimer.

El Uruguay de mi lejana infancia tenía un concepto de sí mismo que lo diferenciaba del resto del continente. Sin vanagloria y sin arrogancia; la diferencia aparecía en las estadísticas de alfabetización, distribución de la riqueza (índice Gini), seguridad pública, estabilidad política y nivel cultural. Eso, como sabemos, no se mantuvo, pero lo que quiero subrayar es que tal era la imagen de sí que tenía el Uruguay de antes. Pero aún en aquellos tiempos -y cada vez más a medida que corrían los años y los acontecimientos- había uruguayos que desaprobaban esa percepción de excepcionalidad porque ella entorpecía la consolidación de un discurso latinoamericanista.

Ahora bien, el Uruguay del siglo XXI es el Uruguay frenteamplista (grosso modo y so far). En este Uruguay la cultura política dominante sostiene y hace proselitismo a favor de un discurso latinoamericanista, por lo tanto en contra del relato o la memoria del Uruguay excepcional y distinto. Ese rechazo responde a dos motivos; uno, que el Uruguay de antes (es decir sin Frente Amplio) era el atraso que el progresismo vino a combatir y cambiar: no había, por tanto, nada tan excepcional. Segundo: dado que el mundo está dividido entre los buenos y los malos, entre los dominadores y los dominados, entre un primer mundo rapaz y codicioso y un tercer mundo explotado y defendiéndose, el nuevo Uruguay, es decir el Uruguay frenteamplista, no podía estar o querer estar con los primeros sino con los segundos. En consecuencia, nada de excepcionalidad: todos los empeños se encaminaron al abrazo con la región subyugada. De ahí el abrazo con Chaves y Maduro, con Dilma y Lula, con Evo, con Correa y demás. (Ni mención ni esbozo de abrazo con Lagos. Parece contradictorio pero no lo fue: probablemente haya sido Lagos quien no lo quiso).

La estética es siempre mensaje y muchas veces es política. Cuando Mujica Presidente concurre a una reunión oficial de sandalias y con los pantalones remangados está emitiendo un mensaje político de adscripción al universo latinoamericano: al real y al caricaturizado, sin distinguir uno del otro. De tanto empujar para incorporarnos simbólicamente a esa Latinoamérica y rechazar las diferencias hemos llegado, paso a paso, a tener un nivel de enseñanza, de limpieza urbana, de manejo del lenguaje y de colonización del estado por el partido ganador… literalmente latinoamericanos.

Pero ese discurso legitimador de un Uruguay latinoamericanizado ha mostrado sus carencias, siendo la principal que era un discurso forzado. Lo que se percibe hoy (y se aprecia cada día más) es que aquella invocación identitaria nos llevaba para atrás y que, sin ella, somos de nuevo distintos. El Uruguay en la pandemia está mostrando que es distinto a sus vecinos regionales; la prensa del mundo lo reconoce y lo distingue. También se distingue de su ayer reciente y son cada vez más los uruguayos que lo perciben.

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