Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Palabras en el torrente

Durazno sigue resonando. Espero que no se apague. Temo que no lo entiendan (y que no se entienda a sí mismo).

Durazno produjo un estrépito muy fuerte pero desarticulado. La fuerza es evidente, pero lo que quiso decir es torrencial, no está codificado y no es fácil de interpretar porque toca llagas muy sensibles y cabezas muy cerradas.

Los autoconvocados hicieron reclamos económicos, plantearon una situación desfavorable, angustiosa y no atendida. Es verdad. Pero también plantearon un reclamo y una aspiración respecto a una sociedad distinta. No protestaron solo por los pesos: dijeron qué sociedad quieren, cómo es o debería ser el Uruguay en el que aspiran a trabajar y vivir. Gente muy variada se dio cuenta, sintió eso mismo en la convocatoria, y por tanto, a pesar de integrar sectores de la sociedad que no están económicamente mal, se sintieron interpretados y se largaron hasta Durazno.

El Uruguay que dijeron querer los autoconvocados de Durazno, el Uruguay que buscan, el Uruguay que sienten como propio, apareció entreverado en distintos pasajes del planteo torrencial. Pero estuvo siempre a la vista en las miles de banderas uruguayas y en que no había ninguna otra bandera. Era la expresión —desplegada al viento y hecha visible a los ojos de quien quisiera ver— de una aspiración de unidad nacional por encima de banderías, un rechazo a una interpretación de la sociedad como terreno de conquista y derrota, el progreso asignado a la confrontación, con la descalificación como consigna de lucha (oligarcas 4x4 que azotan a sus empleados), en definitiva el rechazo a un país crispado y con ciudadanos separados en categorías a, b y c como en el período militar.

La otra aspiración que estaba presente en Durazno, en el torrente de expresiones y demostraciones puestas en escena aquella tarde de calor y lluvia, fue la aspiración a vivir en una sociedad donde el Estado no ahogue al individuo; que no lo ahogue económicamente con impuestos y que no lo abrume con regulaciones, controles y doctrinas de planificación económica centralista, anatematizando contra los privados y las privatizaciones. Quieren un Estado que respete al ciudadano, que confíe en el ciudadano, su trabajo y su iniciativa. Que esté al servicio del ciudadano y no con súbditos abrumados por una burocracia estatal gigantesca y charlatana que ha caído en el derroche, la ineficiencia y la corrupción.

Una cosa tan espontánea como fue lo de Durazno se expresa siempre de modo turbulento, sin remilgos pero desordenadamente. Hace falta que todo eso sea pasado en limpio. Es lo que intento empezar a hacer en estas líneas: otros seguirán. Lo importante es percibir y hacer notar que lo de Durazno no fue solo un reclamo por plata o por rentabilidad (como lo fue en otras ocasiones y con plena justificación). Durazno contenía, en el torbellino de su grito, un reclamo por otra sociedad. Eso es claramente un reclamo político, aunque expresamente fue no partidario. No entenderlo así o no aceptar esa dimensión es desconocer la totalidad de lo que fue Durazno. Pero los partidos políticos —pienso sobre todo en el Partido Nacional— no han dado muestras hasta ahora de haberlo comprendido. Ningún partido tiene derecho a meterse en ese movimiento, pero tienen que escuchar y recoger todo lo que fue Durazno, entenderlo, atender su hondura campera y honrada y ponerse las pilas en consecuencia.

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